Martes, 17 Jul 2018, 12.59 PM
Bienvenido(a) Huésped | RSS
Inicio | Los Poseidos de Ilfurt ó el Demonio en un Caso Verificado - Foro | Registrarse | Entrada
javascript://
[ Nuevos mensajes · Participantes · Reglas del foro · Búscar · RSS ]
  • Página 1 de 1
  • 1
Foro » ►Topic » ► Sección Paranormal » Los Poseidos de Ilfurt ó el Demonio en un Caso Verificado
Los Poseidos de Ilfurt ó el Demonio en un Caso Verificado
lobo1Fecha: Martes, 08 Ene 2013, 0.36 AM | Mensaje # 1
Generalísimo
Grupo: Administradores
Mensajes: 31915
Premios: 50
Estatus: Offline
La parte de este libro que tienes en la mano, te causará, sin duda, honda emoción; no pueden leerse con impasibilidad las trágicas escenas que tuvieron escenario en Ilfurt, en Schiltigheim, en Einsiedeln, ante incontables testigos, creyentes e incrédulos, de toda clase y condición social. Publicado en alemán y en francés, y en vías de aparición las ediciones suiza, italiana, polaca, eslovaca, húngara y japonesa, natural era que lo conociese en su propia lengua el lector español. Este es el motivo de la presente versión. Editada en 1.923 por la editorial la Hormiga de Oro (Barcelona).

Un libro sin igual, curioso, instructivo e histórico. Un relato sumamente emocionante del martirio de dos hermanitos alsacianos poseídos del Demonio durante más de cuatro años. Documento histórico que nada tiene de común con ciertas publicaciones. Obra de éxito verdaderamente prodigioso, pues desde el mes de Enero de 1.922 fue publicada en francés, inglés, alemán, flamenco, italiano, portugués, húngaro, checo, croata, polaco, eslovaco, anamita, tamul (India), chino y en lengua Fanti (Costa de Oro). Y que ahora e rescatado.

El objeto primordial es inspirar terror saludable respecto al espíritu maligno que nos ronda sin cesar para adueñarse de nosotros mediante el pecado.

Como verás luego, se trata en ella de sucesos dignos de ser creídos por la calidad de las personas y de los documentos que los atestiguan; pero sucesos puramente históricos no dogmáticos, es decir, sucesos que únicamente merecen fe humana.

Acaso, sabiendo que al demonio ha de hablale con imperio, te llamen la atención los diálogos sostenidos por algunas personas, el Alcalde, Señor Tresch, especialmente, con los endemoniados. Esos diálogos y las manifestaciones en ellos hechas no son más que la parte anecdótica del libro. En la que podríamos denominar oficial, los exorcismos y particularmente los dispuestos por el prelado, no hay diálogo, sino conjuro terminante y enérgico del exorcista.

Por último, no será a demás de advertir que las conversiones obradas en personas que presenciaron alguna de las horripilantes escenas no lo fueron por el demonio, sino a pesar del demonio, es decir, que Dios se valió de estás para remover la dormida conciencia de aquéllas y ponerles ante los ojos, por decirlo así, el orden sobrenatural que tenían olvidado.

La Iglesia Católica enseña claramente la existencia de demonios, de espíritus malos. Son seres personales, espíritus puros, que fueron creados por Dios en estado de gracia y destinados a una gloria incomparable en el cielo.

Pero como Dios no corona a nadie que no haya primero luchado (2 Tim., II-5), sometido a los Ángeles todos a una prueba para que pudiesen merecer la bienaventuranza eterna. Muchos de esos Ángeles cayeron: queriendo ser como Dios y gozar la felicidad independiente de las divinas disposiciones, perdieron por sentimiento de loco orgullo, la gracia santificante; su pecado fue la rebelión formal contra Dios: la criatura rompió completamente con su Creador.

Esa rebelión había sido cometida con el incomparable conocimiento intelectual y la fuerza de voluntad de un Ángel irrevocablemente resuelto a rebelarse: sin excusa de ignorancia o de flaqueza; fue pecado cometido con intención formal. Dios castigó inmediatamente a los rebeldes sin darles tiempo de hacer penitencia.

Pervitiendose su vida íntima, se obscureció su inteligencia, su voluntad se obstino en el mal; la perdida de la bienaventuranza eterna y el castigo de los tormentos eternos en el infierno fueron la consecuencia de la rebelión. Dios no perdonó a los Ángeles delincuentes, sino que amarrados con cadenas infernales los precipitó al tenebroso abismo, en donde son atormentados. (2 Pedro, II-4).

Los demonios son nuestros enemigos. Nos envidian porque, según enseña Santo Tomás, debemos un día ocupar en el cielo los lugares que ellos perdieron. Como nada pueden contra Dios, nos tientan a nosotros con el propósito de seducirnos y separarnos de Dios, en el tiempo y en la eternidad.

Comenzaron su obra nefasta excitando a nuestros primeros padres a que desobedeciesen a Dios. Por este primer pecado, Adán y Eva y todos sus descendientes, con la sola excepción de la Virgen María, cayeron en poder de Satanas, hasta el día que el Redentor del mundo, Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino a la tierra y destruyó las obras del Demonio, muriendo en la Cruz, inutilizando así el poder del maligno espíritu y libertandolo de humillante esclavitud a la humanidad caída.

El hombre puede, con la gracia de Dios, vencer todas las tentaciones del Demonio y merecer el premio eterno.

La Fe en el poder de los Demonios es tan antigua, tan universal como el propio género humano.

Los paganos creían en la existencia de espíritus malos, pero desfiguraban la verdad de la naturaleza de estos, pues, impulsados por temor, los rendían honores divinos. En el Antiguo Testamento se habla a menudo de los espíritus infernales; y repetidas veces se menciona su influencia nefasta en los hombres y se condena su malicia. Basta recordar la historia de Job y las pruebas terribles a que Satán le sometió, con permiso de Dios.

En tiempo de Jesucristo, era universal la creencia del pueblo judío en la existencia y en la influencia del Demonio. Jesucristo y sus Apósteles la confirmaron teórica y prácticamente; enseñaron cómo se debía resistir a las tentaciones de los espíritus malos y echaron a estos de muchos endemoniados.

La Iglesia Católica, columna y fundamento de la verdad, continúa esas tradiciones. A sus fieles les exige que crean en la existencia de los Ángeles Caídos; les da armas para que puedan defenderse de sus asechanzas: la señal de la Cruz, el agua bendita, los exorcismos prescritos para el caso de posesión, el poder dado a los Sacerdotes para quebrantar la potencia de los demonios y arrojarlos de los cuerpos de los poseídos.

Dios, en efecto, en sus inescrutables designios, permite a veces al Demonio que se apodere de un hombre por la fuerza, que le sustituya en el ejercicio de las funciones humanas, que le cause grandes daños en su hacienda (obsesión): recordándose los célebres ejemplos de Job, de San Antonio Ermitaño, de Santa Teresa, del Venerable Cura de Ars, de María de Moerl, de Crescencia de Kaufbeuren, etc. Hasta llega a suceder que Dios permite al Demonio entrar el cuerpo de los hombres, identificarse con este y ejercer un dominio tiránico sobre sus sentidos, sus órganos y sus facultades.

En virtud de está incorporación misteriosa y de ese tiránico imperio, el demonio puede servirse para sus fines de los sentidos del endemoniado y perturbar el ejercicio de las facultades espirituales del alma hasta producir en el los más insólitos y maravillosos efectos (posesión).

He aquí los signos característicos de la verdadera posesión:

1º Conocimiento de lenguas nunca aprendidas

2º Conocimientos científicos y facilidad extraordinaria de hablar sobres temas científicos en ignorantes

3º Conocimiento de cosas distantes y secretas, penetración en los dominios del pensamiento ajeno

4º Producción de efectos que exceden a las fuerzas humanas o creadas naturales

5º Anestesia de determinados órganos (ceguera, mudez, sordera)

Por la Sagrada Escritura y la historia de la Iglesia sabemos que la posesión no era cosa rara en los primeros siglos. ¡Cuántas veces el divino Maestro libró de los malos espíritus a los hombres: Lanzó a muchos demonios, sin permitirles decir que sabían quien era (Marc., I-24); De muchos salían los demonios gritando y diciendo: Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios (Luc., IV-41). - Bien conocida es la historia de los endemoniados de Geresa (Luc., VIII), y la del niño endemoniado librado al pie del Tabor (Mat., IX, 33). El divino Maestro dio a sus discípulos potestad para lanzar los espíritus inmundos (Mat., X, 1)!

La Iglesia, de acuerdo con los Santos Padres y Doctores de todos tiempos, afirma la creencia en el poder de los demonios sobre los endemoniados son sus exorcismos, esto es, sus adjuraciones solemnes a Satán, hechas en los santos nombres de Jesús y María, para que abandone al endemoniado o se abstenga de molestar a los hombres. Hasta instituyó un orden especial en la jerarquía clerical -ordo exorcistatus- para hacer esos exorcismos sobre los pobres endemoniados.

Desde la muerte de Jesucristo en la Cruz la posesión ha venido haciéndose muy rara en los países cristianos; pero, según afirman los misioneros, es todavía bastante frecuente en los paganos. Y aún acontece en nuestros días -muy raramente, es cierto- que Dios permite al espíritu infernal entrar en el cuerpo de un hombre y hacerle víctima de sus arrebatos. Viven aún muchos que vieron con sus propios a los dos niños endemoniados de Illfurt (Alto Rhin), y que pueden atestiguar la verdad de los sucesos, porque cosas tan horribles quedan por siempre grabadas en la memoria.

Vamos a relatar la trágica y muy interesante pasión de dos niños endemoniados de Illfurt, apoyándonos en documentos auténticos de testigos oculares y auriculares, absolutamente dignos de fe, porque fueron llamados como peritos para examinar el caso. Esos documentos proceden en parte de los archivos parroquiales de Illfurt, en parte de las relaciones escritas en el mismo lugar por Don Ignacio Spies, antiguo Alcalde de Selestado (Schlett stadt), Diputado en el Reichstag, y por el Profesor Señor Lachemann; los dos estudiaron el caso a fondo y a conciencia.

También nos hemos servido de las notas del Párroco Reverendo Hausser, Capellán que había sido del Instituto de San Carlos, y de las de Don Andrés de Ribeauville, que durante las últimas semanas de la posesión fué el custodio vigilante del mayor de los hermanos. Hemos utilizado así mismo una serie de artículos de la Révue Catholique d´ Alsace, del año 1870, y la breve noticia escrita por el Reverendo Brey, Párroco de Illfurt.

TEOBALDO Y JOSÉ BURNER
En el Sur de Alsacia, a dos horas de la Ciudad de Mulhouse, se encuentra el lugar de Illfurt, que antes de 1870 contaba unos 1.200 habitantes. Allí vivía la humilde y honrada familia Burner. El Padre, José Burner, era mercader ambulante y recorría la comarca vendiendo cerillas y yesca. La madre, María Ana Foltzer, cuidaba de sus cinco hijos, todos aún de corta edad.

El hijo mayor, Teobaldo, había nacido el 21 de Agosto de 1.857. A la edad de ocho años iban a la escuela de la localidad. Eran muchachos quietos, de mediano talento, algo enfermizos.

Durante el otoño de 1.864, Teobaldo y su hermano José cayeron enfermos de dolencia misteriosa. Tanto el primer médico llamado, Doctor Levy, de Altkirch, como los demás facultativos sucesivamente consultados, no pudieron diagnosticar. Los medicamentos empleados no daban resultado. Teobaldo enflaqueció de tal modo que parecía un espectro ambulante.

A partir del 25 de Septiembre de 1.865 se pudieron observar en los enfermos fenómenos en absoluto anormales. Echados de espaldas se volvían y se revolvían como una peonza, con rapidez vertiginosa. Después se ponían a golpear sin cansarse el armazón de la cama y los demás muebles con fuerza sorprendente -a esto llamaban dreschen, trillar.- Nunca mostraron la menor fatiga, por mucho que la trilladura se prolongase. Si se les preguntaba respondían entre convulsiones y espasmos seguidos de tal postración que permanecían durante horas enteras como muertos, sin hacer el menor movimiento, rígidos como cadáveres.

Muy a menudo fueron presa de gazuza imposible de calmar. El bajo vientre se les inchaba de modo desmesurado y a los pobres niños les parecía que en sus estómagos les rodeaba una bola o que un animal vivo se movía en ellos de arriba a abajo. Juntándose las piernas como varillas entrelazadas; nadie podía separarse.

Durante este tiempo se le apareció a Teobaldo unas treinta veces un fantasma extraordinario, al que llamaba su amo. Tenía cabeza de ánade, uñas de gato, pies de caballo y el cuerpo de plumaje sucio. En cada aparición el fantasma volaba por encima de la cama y amenazaba ahogarlo. Teobaldo, aterrorizado, se arrojaba hacía el y le arrancaba puñados de plumas, que entregaba a los muchos circunstantes estupefactos.

Ocurría esto en pleno día, en presencia de un centenar de testigos, entre los cuales había personas respetables, nada crédulas, dotadas de gran perspicacia y pertenecientes a todas las clases sociales. Todos pudieron convencerse de la imposibilidad de superchería alguna.

Las plumas despedían olor fétido y, cosa singular, quemadas no dejaban cenizas.

A veces una mano invisible levantaba a los niños junto con las sillas de madera en las que estaban sentados; ya en el aíre, los niños eran lanzados a un lado, mientras las sillas volaban hacia el lado opuesto.

En otra ocasión sintieron por todo el cuerpo gran comienzo y dolorosas picaduras, y de debajo de sus vestidos sacaron tal cantidad de plumas y de algas que el suelo quedó cubierto enteramente. Aunque se les mudase camisas y vestidos, era inútil: plumas y algas reaparecían siempre.

Esas terribles convulsiones y toda suerte de malos tratos redujeron a los niños a tal estado que fue preciso hacerles guardar cama. Sus cuerpos se hinchaban de mala manera. Se encolerizaban violentamente, eran presa de verdadero furor cuando se les acercaba alguien con un objeto bendito, un crucifijo, una medalla, un rosario. Ya no rezaban; los nombres de Jesús, María, Espíritu Santo, etc, pronunciados por los presentes les hacían estremecer y temblar. Fantasmas, sólo de ellos visibles, llenándose de miedo y espanto.

Miedo y espanto se habían apoderado también de los padres, testigos contristados de esas terribles escenas, impotentes para remediarlas.

Diariamente crecía el número de vecinos y visitantes que llegaban de todas partes, de cerca y de lejos, porque la noticia se divulgó muy pronto y todo el mundo quería ver a los infelices niños. Todos quedaban estupefactos. ¿Qué es lo que había ocurrido?

Vivía entonces en Illfurt una vieja, pobre, mal conceptuada, a la cual por su mala vida habían expulsado de su aldea natal. Diciéndose que los dos niños comieron una manzana que la vieja les había dado. He aquí el comienzo de la enfermedad misteriosa. Tal era, a lo menos, la explicación dada por los espíritus que se decía residían en los pequeños. Sea de ello lo que fuese, si realmente se trataba de espíritus no se tardaría en conocer la naturaleza de estos, porque el árbol por sus frutos se conoce.

Durante horas enteras los dos niños permanecían tranquilos, en estado de gran apatía. Súbitamente cambiaban de actitud, poniéndose nerviosos, excitados, gesticulaban y gritaban sin parar. Su voz no era entonces voz infantil, sino de hombre, fuerte, áspera, ronca. Tenían la boca habitualmente cerrada; era, pues, evidente que otros, seres invisibles, y no ellos proferían aquellas palabras y lanzaban aquellos gritos. Durante largas horas gritaban sin descanso: Nudeln (especie de pasta alemana parecida a los fideos, pero de gusto y aderezo muy diferente), Knoepfeln (ravioli) y otra jerga de cocina. Era para volverse loco y los pobres padres no sabían que hacer.

Un día se le ocurrió a Burner, padre, decirles: “Gritad, hijos míos, gritad aún más fuerte, en nombre de la Santísima Trinidad”. Esto bastó para obtener silencio.

Lo que principalmente sorprendía a los testigos de esas escenas, era el miedo que los niños sentían en presencia de objetos benditos, su violenta oposición a la Iglesia, a la oración, a los oficios divinos; las blasfemias abominables que proferían, las expresiones groseras que dejaban salir con frecuencia de sus labios sin haberlas oído jamás.

Hablaban las más diversas lenguas; respondían con facilidad en francés, en latín, en inglés y hasta comprendían los dialectos franceses y españoles.

No es de maravillar, pues, que todo el mundo desease ver a las pobres víctimas y que las autoridades civiles y eclesiásticas se interesasen por ellas e hiciesen examinar minuciosamente sus casos.

El Venerable Párroco del lugar, Reverendo Carlos Brey, Santo Varón y Pastor celoso, fue quien primero se compadeció de la desdichada familia Burner y sobre todo de los pobres niños. No le fué difícil descubrir el origen puramente diabólico de tales escenas. Comprendió que se hallaba en presencia del caso, raro ciertamente, de real posesión.

Aquellos hechos dio conocimiento a la Autoridad Episcopal, que designó a una comisión de tres eclesiásticos para que practicasen en Illfurt una información oficial.

El Párroco pudo contar desde el primer momento con el valioso apoyo del Alcalde, Señor Tresch, hombre de bien y abnegado, y el de las mejores familias de la localidad. No faltaban, sin embargo, quienes ponían en duda la posesión, pero eran muy pocos y los malos espíritus se mostraban muy satisfechos de ellos, al paso que sentían mucha animosidad contra aquellos que les adivinaban su naturaleza.

En especial odiaban al Párroco y al Alcalde, a Don Ignacio Spies, Alcalde de Selestado, al amigo de este, Señor Martinot, Director de la Administración Pública, también de Selestado, al Profesor Lacheman de San Hipólito, Religioso de la Congregación de los Hermanos de María. Los tres últimos habían venido de lejos únicamente para observar el caso y estudiarlo minuciosamente.

EL DIABLO
En cada uno de los niños había a lo menos dos espíritus infernales. Durante mucho tiempo tuvieron especial cuidado en ocultar su nombre. Por fin, conjurados en el nombre de Jesús por el P. Souquat, lo declararon. Poseían a Teobaldo, el hermano mayor, Orobass e Y pés. Este se titulaba conde del infierno, con 71 legiones a su mando. Uno de los demonios residentes en José, el otro hermano, llamándose Solalethiel; fué imposible averiguar el nombre del segundo.

Y pés era sordo, porque durante todo el tiempo que fue dueño del niño éste estuvo completamente privado de oído, hasta el punto de no alterarle un pistoletazo disparado junto a su oreja. Al quedar libre de la posesión recobró Teobaldo aquel sentido.

Un día el Señor Martinot preguntó en latín a uno de los endemoniados:

¿De dónde vienes?

El interpelado hizo un gesto de desprecio y dijo:

Eres un Demonio

Tú también le replico el Señor Martinot.

Dos veces más le repitió el niño:

Tú eres un Satanás

No soy ningún Satanás- protestó el ofendido.

Tu si que lo eres, y eres Jefe de los Demonios

Esto, al parecer, agradó al espíritu de las tinieblas, porque respondió:

Si, Señor; soy Jefe de 71 legiones

Que no- replicó el Señor Martinot,- de 70 legiones y...

Interrumpiéndole el Diablo gritando:

¡De 71 legiones!

Bueno, dejémoslo en 71 legiones- fue la respuesta. -¡Miserable Jefe! ¿no te avergüenzas de tu ignorancia? ¡No conoces ni tu nombre ni el mío!

¡Si, si que los conozco -gritó Satanás,- tu nombre y el mío tan bien como tú. Pero no te los digo. Tengo para ello mis motivos. Si fueses un judío -añadió- te respondería en todas las lenguas.

Así era, en efecto; porque cuando quería respondía en francés e inglés perfectamente, sin la menor falta, a cuantas preguntas se le hacían. A menudo conversaba horas y días enteros en francés correctísimo, a pesar de no haberlo nunca estudiado.

Gracias a la intervención del Señor Cura de Brey llegaron a Illfurt dos monjas de Niederbronn, las Hermanas Métula y Severa, designadas por la Autoridad Episcopal para cuidar a los dos enfermos.

Los endemoniados jamás las habían visto; sin embargo, las llamaron enseguida por sus nombres, tuteándolas. A la Hermana Severa, bávera, le dijeron los nombres de sus hermanos y hermanas, sus ocupaciones, y le comunicaron secretos de familia. Luego Pepito le pidió:

Oye, no sabes cuanto me gustaría que me dieses aquella botellita azul que tienes en el baúl.

Adviértase que tal baúl aún estaba en la estación. El Alcalde hizo que fueran a buscarlo y entre tanto pregunto a la Monja si el niño decía la verdad.

Si, Señor -respondío ella;- tengo en el baúl una botellita azul con éter, para mi uso.

Todos los presentes quedaron asombrados, a excepción del Señor Nicles, el Maestro, porque éste no creía que existiesen demonios.

Los Espíritus Infernales tenían a su vez superiores, amos que les hacían temblar. De tiempo en tiempo recibían su visita, que no les era nada agradable.

¡Ah! ¡Ahora llega el amo!

¿Qué amo?

¡Toma! ¡Nuestro amo!

¿Es más poderoso que tú?

¡Oh! ¡Ya lo creo!

¿Cuál es su aspecto?

Tiene dos patas, el cuerpo cubierto de plumas, cuello largo, pico de ánade; sus manos son como garras de gato. Ya se acerca... Ya está aquí, ya está aquí...

Con el amo llegaron también otros demonios, satélites.

¡Somos muchísimos! -manifestó entonces el endemoniado.

No siempre aparecía el Demonio en la misma forma. Unas veces tomaba la de salvaje, la de perro otras o la de serpiente.

SATANÁS Y LOS OBJETOS BENDITOS
Cuantos presenciaban tales fenómenos convencidos más y más del carácter demoníaco de la enfermedad. La verdadera posesión diabólica afirmándose sobre todo cuando alguno se acercaba a los niños con objetos benditos, medallas, rosarios y en especial agua bendita. Comenzaban entonces a echar pestes, echaban espumarajos por la boca y se resistían con violencia a que les tocasen.

Si les mezclaban algunas gotas de agua bendita con sus alimentos, los rechazaban:

¡Llevaos está porquería -gritaban,- está envenenada!

Intentaban entonces hacerles comer a la fuerza, pero ellos lo rechazaban con extrema violencia, resistiéndose rechinando rabiosamente los dientes.

En cambio, cuando los manjares no había agua bendita los tomaban y comían con gana.

Fue preciso aconsejar a los niños que se llevasen los alimentos a la boca con tres dedos de la mano derecha, porque el Diablo había declarado: “Todo lo que el perrito de aguas (así llamaba al niño), come con la mano izquierda o con dos dedos solamente de la mano derecha, es para mi y no para el”.

Una vecina, la Señora Brobek, echó un poco de agua bendita en una medicina que los niños debían tomar; éstos declararon:

Tomaremos todas las pociones de la farmacia antes que aceptar cosa alguna de la familia Brobek.

En otra ocasión ofreciéndoles higos bendecidos por un Sacerdote.

¡Quitad estás cabezas de ratón! -grito el niño, el ensotanado ha hecho muecas encima.

El Señor Spies puso un día ante los ojos de Teobaldo una pequeña reliquia del Beato Gerardo Majella, diciéndole:

¡Mira! Aquí tienes a quien ha hecho huir a más de uno de tu parentela.

En el acto el niño hizo una mueca, hinchó los carrillos, rechinó violentamente los dientes y apretó con fuerza los labios.

El Señor Spies acercándole la reliquia; el pequeño resistiéndose con fuerza, se volvió de espaldas y se mostró verdaderamente desesperado. Por fin grito:

¡Vete de aquí, Italiano!

Gerardo Majella era un joven Hermano Ligoriano de Italia, muerto en olor de Santidad. El endemoniado no podía saberlo de modo natural.

Satanás temía sobremanera las medallas de San Benito, así que casi todos los parroquianos de Illfurt pedían medallas del Santo y las llevaban constantemente.

Cierto día, el Señor Tresch leyó a los niños oraciones de un devocionario. Los niños le dijerón:

No merece la pena que te molestes viniendo aquí para hablarnos del Polichinela en el madero y de la Gran Señora.

Estos nombres daban constantemente a Nuestro Señor y a su Madre Santísima.

Tenían gran respeto a la Virgen María. El Señor Tresch puso en la oreja del endemoniado sordo una medalla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y ordenó al Diablo que saliese de la oreja. El Demonio exclamó:

No puedo, porque allí hay azufre, resina y pez.

Cuando la Hermana le traía comida o bebida después de haber echado en ellas secretamente algunas gotas de agua bendita, nunca tocaba los alimentos ni la bebida; de ordinario, arrojaba contra la pared el plato o el vaso, que nunca se rompían.

Un joven de Illfurt entró un día en la habitación en el momento que se desarrollaba una de esas escenas y acercándose a la cama de Teobaldo; éste, al verle, echándose a reír y le dijo:

¡Ajajá! ¡Tu si que has encontrado el momio! Tanto en la habitación, tanto en la cama, tanto en el desván, e indicaba las cantidades.

El Alcalde, Señor Tresch, preguntó entonces al joven que significaba aquello, contestándole el aludido que el Párroco le había encargado le trajese una pequeña manda que para la Iglesia legó una parienta del visitante fallecida días antes. Esta mujer, para que no pudiesen disfrutar de su dinero unos allegados muy avaros que tenía, lo había escondido en diferentes sitios sólo del joven repetido conocidos.

Cuando el visitante se disponía a marcharse los endemoniados le gritaron:

¡Si, si; comer bien, beber bien, llevar mala vida, he aquí lo que conduce al cielo!

El joven se alejó completamente turbado.

El Señor Tresch, antes de irse de la casa roció con agua bendita la cama del niño, mientras decía:

Sit Nomen Domini benedictum. (Bendito sea el Nombre del Señor).

Non sit, non sit! (¡Que no lo sea, que no lo sea!) -gruñó el Demonio.

Un Sacerdote paso un día una medalla sobre la oreja de uno de los endemoniados mientras dormía.

La oreja comenzó inmediatamente a agitarse, hasta que la medalla hubo caído.

El mismo fenómeno se repitió al dejar colocada la medalla sobre la cabeza del pequeño.

Cuando conseguía esconder algún objeto bendito, se reía en son de burla y decía a los circunstantes:

¡Busca la porquería; hiede!

El Demonio no ocultaba el odio inmenso que le inspiraban los Sacerdotes. Para éstos tenía sólo palabras de burla y de insulto, y usaba a menudo las del repertorio de los anticlericales modernos, tales como: saco de carbón, cuervo, gorrino, etc. Y aún éstos eran los hombres más inocentes.

El Superior del Seminario Mayor, Monseñor Stumpf se veía honrado con un odio especial.

Voy -decía el Diablo- a casa del Stumpfito, el cochino, para hacerle rabiar.

Al poco rato decía con aíre triunfante:

¡Vaya una mala pasada le he hecho; a lo menos hubiese conseguido que reventara!

Averiguándose lo ocurrido y Monseñor Stumpf confesó que en aquel momento un poder invisible le había levantado del suelo al tiempo que se desprendían los cuadros colgados en las paredes y los muebles cambiaban de sitio y quedaban revueltos, y se producía en la habitación un ruido infernal hasta que hizo aspersiones con agua bendita y en el nombre de Dios conjuró a los espíritus del Averno que le dejaran en paz. Satanás entonces manifestó:

- ¡Stumpfito, el miserable, me ha cerrado la puerta ensuciando su cuarto con porquería!

Mostraba, por lo contrario, mucha simpatía a los judíos y protestantes y, sobre todo, a los masones.

Estos si que son buenas personas -decía a veces

todos deberían parecerse. Son ellos quienes buscan la verdadera libertad. Ahorran no poco trabajo a nuestro Amo y le ganan mucha gente. Pero los gorrinos y los ensotanados (los Católicos y los Sacerdotes) son su daño y le arrancan innumerables almas.

Sentía el Demonio verdadero horror por la sotana o el hábito religioso, y no podía sufrir que le tocasen con alguna de aquellas prendas. En cambio, se mostraba contento cuando un Seglar le cubría con su capa o con cualquier otra prenda.

Un Crucifijo muy sólido que pusieron en el cuello de José se torció en el acto y tomó la forma de X que conservaba mientras permanecía sobre el niño.

Un escapulario colocado en las espaldas de éste voló inmediatamente por los aires y después de describir una gran curva fue a caer sobre el kepis del Gendarme Werner, que estaba allí por casualidad. Sin embargo, el niño no había hecho el menor movimiento.

El endemoniado dijo un día al Señor Tresch:

Cuando vosotros vais a la pocilga (la Iglesia) eleváis vuestras manos y ladráis (rezáis), todos os dirigís a lo alto y señalaba al cielo; -pero- añadía -los que no lo hacen vienen a casa.

Un día una Señora de Bettendorf puso un Rosario bendito sobre el pecho del niño. El pequeño, cuyas manos se habían sujetado, se puso a gritar:

Si cojo tus cagarrutas de cabra (las cuentas del Rosario), haré pedazos el rabo de gato (el Rosario); pero no me es permitido tocar la imagen de la Gran Señora que lleva suspendida.

¿Qué hay en está medalla? -le preguntaron

Un niño y una niña a los que la Gran Señora protege

Era una medalla de la Saleta que representaba la aparición de la Santísima Virgen a los dos niños Maximo y Melanio.

Como uno de los presentes dijo piadosamente: “De las asechanzas del Demonio líbranos ¡oh Jesús”, encolerizándose el endemoniado furiosamente y vociferó:

¡Silencio, mientes, calla la boca, no, no!

Una Procesión del Corpus hizo que el Diablo se resolviera con las más extremada violencia. Habían llevado al niño a una casa en cuyo umbral se levantó un altarcito para el descanso de la Custodia; el Diablo, chilló, echó pestes, alborotó de modo espantoso, y sólo se calmó cuando la Procesión hubo pasado.

La Señora Werner, esposa del Gendarme, quiso dar una alegría a los niños y les compró una aleluya que representaba una Procesión del Corpus muy completa. Nada faltaba ni nadie, desde el pertiguero al Señor Cura con la Custodia. Figuraban todas las edades: niños y niñas, jóvenes, ancianos y abanderados y portaestandartes; hasta había un altar como los que se acostumbra disponer en los pueblos en tal solemnidad. La Señora Werner recortó muy bien las figuras con una tijera y luego les pegó con goma líquida en un cartón y puso palitos para que se sostuvieran. Con objeto de hacer una prueba al pegar la figura del pertiguero mezcló con la goma unas gotas de agua bendita.

Cuando lo tuvo todo preparado lo llevó a la Alcaldía, donde a la sazón se hallaban los dos endemoniados, cuidados por las dos Hermanas de Niederbronn. Estaba allí el Párroco, Reverendo Brey.

Los niños quedaron pasmados al recibir el regalo, nunca habían visto cosa parecida. Como en aquel momento permanecían en actitud pacífica, el Párraco ordenó las figuras sobre la mesa, cada una en su sitio; el altar, el pertiguero, jóvenes, el clero, hombres y mujeres etc., etc. Teobaldo y José contemplaron embobados la representación. Al cabo de un rato el Párroco deshizo su obra e invitó a los niños a que dispusieran las figuras como habían visto. Teobaldo comenzó a colocarlas con mucha afición, pero al revés, es decir, empezando por las principales. La última que tomó fue la del pertiguero y apenas la tuvo en la mano la arrojó con violencia contra la puerta. José, sorprendido del proceder de su hermano, se levanto para ir a buscar el maltratado figurín, más en cuanto lo hubo recogido enfurecido y volvió a tirarlo al suelo, y lo pisoteó mientras profería:

¡C´est! ¡Toma, genízaro de Iglesia!

Los presentes quedaron asombrados por ignorar de qué se trataba; comprendiéndolo cuando la Señora Werner les explicó lo del agua bendita.

Las familias más acomodadas de Illfurt convinieron en establecer un turno para servir buena comida a los pobres niños. Tocó la vez a la Señora Nicot, dueña de la taberna del “Caballo blanco”, la cual como sabía que a los niños les gustaba muchísimo la sopa de lentejas, mandó a su sobrina, Lina Meyer, que les preparase una excelente. Rebosantes de alegría al ver su manjar preferido, comenzaron los endemoniados a llenarse el plato de la aromática sopa. Pero de repente lo apartaron gritando:

¡Quita! ¡Vete en seguida de ahí con está m...!

¿Qué había pasado? Ni siquiera probaron la sopa.

El Gendarme Werner salió al momento a ver a la Señora Nicot y explicarle lo ocurrido. La buena mujer confesó con franqueza que había puesto en la sopa una cucharada de agua bendita para hacer la prueba, y añadió que ahora estaba convencida de que no era una farsa la enfermedad de los niños.

Escenas por el estilo, aunque menos violentas, produciéndose cada vez que se ponía a los endemoniados en contacto con un Crucifijo, un Rosario o cualquier otro objeto bendito. Siempre el mismo terror, el mismo espanto, iguales invectivas, idéntico frenesí.

Todo esto prueba el sorprendente poder, la maravillosa eficacia de los sacramentales, que son para el Cristiano animado por la Fe un arma excelente contra las tentaciones y los ataques del enemigo de nuestra salvación.


 
lobo1Fecha: Martes, 08 Ene 2013, 0.43 AM | Mensaje # 2
Generalísimo
Grupo: Administradores
Mensajes: 31915
Premios: 50
Estatus: Offline
SATANÁS Y LA SANTÍSIMA VIRGEN
El Demonio ultrajaba y se burlaba de las cosas más santas, sin exceptuar al mismo Dios; pero jamás se atrevió a insultar a la Santísima Virgen María. Habiéndole preguntado el por qué, respondió: -No me está permitido; el Polichinela crucificado me lo prohibió.

Teobaldo se hallaba un día descansando; y dándole un cuadrito de la Santísima Virgen para distraerle, súbitamente fue presa de fuerte crisis, arrojó violentamente al suelo el cuadro, que se rompió en mil pedazos.

El Profesor Lachemann, Hermano de María de San Hipólito, le rogó que se calmase y le preguntó en latín:

¿Quid sentis de Inmaculata Conceptione Bcatae Mariae Virginis quae contrivit caput tuum? (Que opinas de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, que te aplastó la cabeza?)

¡Vete ya con tu Gran Señora! ¡Vete, no quiero oír hablar de ella!

Tal fue la sola respuesta de Satanás.

Luego el Demonio se puso a vomitar tan espantosas blasfemias y juramentos que llenaron de horror a la Hermana enfermera, la cual aterrorizada roció a los niños con agua bendita, mientras invocaba a la Santísima Trinidad. Después que hubo trazado con el agua bendita cruces en la frente, la boca y el pecho de los endemoniados quedaron éstos completamente calmados. No hay que decir que las buenas religiosas que vigilaban y cuidaban constantemente a los infelices niños tenían un trabajo ciertamente muy pesado. Las pobres Hermanas viéndose obligadas a oír enormes horrores y ser testigo de escenas dolorosas.

Un día el Maestro Señor Lachemann preguntó al mayor de los niños:

¿Dime, que piensas de las Congregaciones y en especial de los Fréres de Marie?

El muchacho no le contestó. Entonces le pregunto en alemán:

¿Dónde se encuentra el cuadro de Nuestra Señora en la Capilla del Colegio de San Pilt?

Tampoco respondió Teobaldo, y cuando por tercera vez le interrogó el Señor Lachemann, replicando rabioso:

Tú, tú siempre hablas en favor de los ensotanados. Tú, en la pocilga siempre lloriqueas (rezas) al lado izquierdo

Los presentes preguntaron al Maestro que quería decir el niño, y él les manifestó que en la Capilla del Pensionado tenía su puesto al lado izquierdo para vigilar a los alumnos, de modo que era conforme con la realidad la indicación del endemoniado.

Dos estudiantes de Meissac (Tarn y Garona), alumnos de los Fréres de Marie, de Besancon, fueron a San Pilt para las vacaciones de Pascua. El Señor Lachemann les dio una recomendación para el Señor Tresch, pariente de el, con objeto de que pudiesen ver a los endemoniados. Dirigiéndose a casa Burner y en ella estuvieron hasta la una de la tarde.

Asombrándoles oír hablar con voz de hombre y sin que despegaran los labios a los dos niños, y les hicieron en vascuence varias preguntas de las cuales el Señor Tresch no comprendió ni una palabra; los endemoniados, en cambio, respondieron todas en francés.

Preguntándoles también los estudiantes de dónde habían venido y a dónde iban. Los endemoniados respondieron en alemán:

Tú no tienes necesidad de que te lo diga, porque luego lo repetirás todo a los cleriguillos

De vez en cuando el endemoniado hablaba al Señor Tresch de la Gran Señora que guardaba en su casa, en una cajita

¡Pero tú nunca la has visto! -replicó el Alcalde

¡No importa! Exclamo el niño -sé que la tienes y que todo lo das a la Gran Señora y a su perrito de lanas; siempre la llevas en el bolsillo.

¿Por qué les das nombres tan irreverantes? -pregunto el Señor Tresch

No puedo llamarles de otra manera

Un día los Señores Spies y Martinot entraron en casa del endemoniado acompañados del Señor Tresch. Los niños viéndoles venir por la calle y se mostraron en extremo contrariados. Apenas aquéllos hubieron entrado en el cuarto, el pequeño José dijo al Señor Tresch:

Tú has escrito al “Spitz” (al Señor Spies le daba el apodo de Spitz o el de Canisi), y éste (señalando al Señor Martinot) ha venido con él.

No, no le escrito -repuso el Señor Tresch

Si, si; has escrito al Spitz y el otro ha venido con el

Era así, en efecto.

Entonces el Señor Spies sentándose en las rodillas al pequeño José y le hizo varias preguntas. Las respuestas unas veces eran precisas; otras, la mayor parte, le replicaba:

No tienes necesidad de saberlo

Tratándose en ellas de cosas acerca de las cuales Satanás no quería responder.

Entre otras preguntas, hizo el Señor Spies la siguiente:

¿Cómo tratasteis a Voltaire cuando llegó a vuestro dominios?

¡Oh! Le tributamos magnífico recibimiento; salimos a buscarle en cropsesión (palabra empleada por procesión), pero en seguida le echamos mano.

Cuando llegó a la puerta del Infierno, fue presa de espanto e hizo como si quisiera volverse; más no pudo escapar y le obligamos a pasar de la cárcel de fuego.

Mientras el pequeño José continuaba sentado en las rodillas del Señor Spies puso este sobre la cabeza un pedacito de seda, pero de modo tan suave que el niño no pudiese sentirlo ni verbo. Inmediatamente el enfermito gritó:

¡Quita este trapo, que me quema! -e intentó separarse del Señor Spies

No es un trapo -replico este;- te lo quitaré cuando me hayas dicho lo que hay en el

¡Nada, no nada; quítalo, que me quema!

Niega cuanto quieras; no he de quitarlo mientras no contestes lo que te he preguntado

¡Hay la imagen de la Gran Señora! -gritó furioso

En efecto, la seda llevaba pintada la imagen de la Santísima Virgen

Luego pidió el niño repetidas veces:

¡Quítate lo que tienes en el bolsillo, me quema!

Aludía a un pequeño crucifijo que el Señor Spies llevaba encima y que el enfermo no podía ver de ningún modo.

Agregó el endemoniado que en los bolsillos de aquél había también reliquias, y así era.

Hasta las medallas que el Señor Spies llevaba colgadas en el cuello incomodaban y quemaban al Demonio.

PÉRDIDA DEL CIELO PENAS DEL INFIERNO
Es para Satanás una pena indescriptible el pensar que ha perdido el Cielo por toda la eternidad. Más de una vez dijo por boca de aquellos infelices muchachos:

¡Oh! ¡Qué belleza la de allá arriba! ¡Qué belleza! ¡Cuán dichoso sería si a lo menos tuviese la suerte de ver un instante esa gloria!

En otra ocasión dijo:

¡Ah! ¡qué hermoso es el cielo! ¡Si pudiese verlo tan sólo un día! ¡Pero, no! ¡Jamás lo veré!

Como le pregunto el Señor Tresch por qué manifestaba tal deseo, respondió gimiendo:

Me obligan a hacerlo los tres, que son más fuertes que yo!

Teobaldo fue trasladado al establecimiento de San Carlos, en Schiltigheim. Durante los tres primeros días estuvo tranquilo y sosegado; pero en la noche del cuarto el Demonio se manifestó de nuevo en aquel pobre cuerpo.

¡Estoy aquí -gritó súbitamente;- y estoy furioso!

Las Hermanas le preguntaron entonces quien era

¡Soy el príncipe de las tinieblas! Contestándolas

¿Dónde está tu morada? ¿En el infierno?

¡Si, en el Infierno!

¿No querrías ir al Cielo?

¡Miguel, el asqueroso, Miguel con su espada!

¿Qué harías para poder ir de nuevo al Cielo?

Me arrastraría durante miles de años sobre puntas de agujas; me deslizaría sobre navajas afiladísimas

¿Pero, por qué te arrojaron?

Porque quería ser el primero

¿Cómo te llamas?

¡Esto no te importa!

Agregó que era un Príncipe del Infierno, que mandaba una legión de diablos por los aíres y que si estos diablos tuviesen cuerpo como los hombres oscurecerían la luz del sol, tantos son?

Aseguro que la Iglesia Católica enseña la verdad acerca del Infierno; sin embargo, hizo notar:

El fuego del Infierno no es el que imagináis

No podéis formaros idea del mismo. Es mucho más ardiente, mucho más caliente; se sufre en él de un modo atroz.

Hablando del Infierno decía regularmente que deseaba ser reducido a la nada por Dios

Al preguntarle qué lengua se habla en el Infierno comenzaba de ordinario por ser muy locuaz, hablaba con rapidez vertiginosa y chapurraba una mezcla de latín e italiano incomprensible; sólo fue posible coger la palabra “victoria”, porque la repetía muy a menudo, después decía en alemán.

Esta es la lengua que hablamos en esos lugares

¿En qué lugares? -preguntó el Señor Tresch

¿Quieres decir el Infierno?

Si, el Infierno -respondío

¿Y qué habéis hecho de Lutero? -continuó el Señor Spies

¿De Lutero? -respondieron, -no lo queríamos en casa por miedo de que lo revolucionase todo. Ha tenido que construirse un barracón a la entrada del Infierno

En otra ocasión Teobaldo preguntó al Señor Tresch:

¿Conoces a Fígaro?

Si, es un diario

No, no me refiero a éste; ese Fígaro no vive ya. En otro tiempo escribió muchos libros; ahora está con nosotros

¿En el Infierno?

Si, en el Infierno

¿Por ventura hablas de Martín Lutero?

Lo has adivinado

¿Su Catalina está también con el?

No, ella no creyó sus doctrinas

Cuando Teobaldo se hallaba en el Orfanato de San Carlos, en Schiltigheim, cerca de Estrasburgo, le llevo un domingo su madre al Cementerio de la localidad. En aquel momento había un entierro protestante. El niño separándose de su madre fue a mezclarse entre el cortejo y no paró hasta colocarse al lado del Pastor, donde permaneció durante toda la ceremonia. Ni un momento dejó de manifestar gran júbilo. Después del entierro volvió al lado de su madre y los dos regresaron al Orfanato.

Por la noche, durante una crisis, el endemoniado declaró:

El hombre que han enterrado hoy está con nosotros en el Infierno

¿Por qué? -le preguntaron

Porque renegó de su Fe -respondió.- Primero era un fétido (Católico), más en los últimos años de su vida se hizo protestantes

A los presentes les consternó en gran manera la revelación

La noche del 28 de Marzo de 1.868, el endemoniado relató la Pasión de Jesucristo. Cuando hablaba de las angustias mortales sufridas por el Señor en el Huerto de los Olivos, exclamó de pronto:

Verdaderamente, sientes mucho calor, calor horroroso; quedaste bañado en sudor por los pecados de los hombres

Confesó asimismo haber presenciado la Crucifixión, excitado a los judíos a que torturasen al Redentor, y contando los golpes que llovían sobre la Víctima.

Después de está escena, uno de los asistentes preguntándole cuál era el estado del Infierno.

¡Nada tiene de hermoso! -respondió.

Como se le pidiesen más amplios detalles, el Demonio se mostró disgustado y dijo:

¡Esto no te importa; procura venir allí y lo sabrás por ti mismo!

Satanás procuraba ganar prosélitos. Cierto día ofreció 100 francos a un visitante si quería ponerse a su servicio.

A Burner, Padre, le hizo una oferta de 1.000 francos si consentía en seguirle. Dijo también al Señor Tresch:

Tengo muchos sacos de oro y plata; te los haré encontrar.

Perfectamente, de acuerdo -replicó el Señor Tresch, -los daré a la Iglesia o los distribuiré entre los pobres.

No, no, así no. No es está mi intención -le replica el maligno.

¿Verdad que parece estar oyendo al mismo Demonio cuando tentaba a Nuestro Señor en el desierto y le decía: Todas estás cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adorares?

El Príncipe del Infierno, lleno de inmenso orgullo y de envidia odiosa, eternamente desdichado, no tiene otro deseo más ardiente que atraer a los hombres a su servicio.

SATANÁS Y LAS FIESTAS: BAILES Y DANZAS
Los endemoniados tenían a veces horas y hasta días de más sosiego. Los demonios estaban ausentes; los niños comían y bebían y jugaban como los de su edad, y nada recordaban de lo sucedido durante la posesión.

Por regla general, Satanás se alejaba por las tardes del domingo. Cuando al volver a entrar en los cuerpos de los infelices endemoniados le preguntaban dónde había pasado el tiempo, respondía que había estado en está o aquella localidad vecina, donde se celebraba fiesta popular, que se había mezclado con los músicos de la orquesta y hecho muy buena cosecha.

Añadía que procuraba gran placer el excitar a los jóvenes y arrastrarlos al libertinaje desvergonzado.

En San Carlos dijo un día:

Dadme de beber.

Tú no puedes beber, puesto que eres un espíritu. ¿Qué quieres beber? ¡Vete al Infierno! -respondió el Señor André.

Me coloco junto a los borrachos -repuso Satanás,- y les incito a beber hasta que lo están completamente. Entonces derraman el líquido por la mesa y el suelo, y todo es para mí.

Y se puso a contar que le gustaban mucho los bailes y las danzas; que era el quien excitaba a los jóvenes a bailar y a hacer tonterías, y dicho esto abandonó al niño.

Unos diez minutos después estaba de vuelta.

Sonriendo burlonamente, exclamó:

¡Ahora he ido a la cervecería!

Y designó la cervecería y su dueño, y habló también de otras y de sus propietarios. Sin embargo, el endemoniado nunca había estado en Schiltigheim.

Luego concluyó:

Mis negocios marchan bien; estoy satisfecho; mi amo estará contento de mí.

Se regocijaba, sobre todo, cuando en esos establecimientos se sostenían conversaciones de doble sentido o pronunciaban agudezas asquerosas, cosa que, por desgracia, ocurría con demasiada frecuencia.

Cierto día, algunos jóvenes un tanto ébrios, pasaron por delante de la casa disputándose vivamente.

Espera -dijo el Demonio,- voy a hacer que riñan.

No habían pasado cinco minutos se produjo gran alboroto que comenzó por tres veces siempre más fuerte. El endemoniado reía a carcajada suelta.

En otra ocasión el Diablo interrumpió súbitamente su parloteo y dijo:

¡Silencio! Ya lo hemos cogido.

¿A quién?

A ese joven que en el café N..., de Selestado, se dispone a bailar.

Y nombró la calle y el café.

Al poco rato exclamó:

¡Ahora sí que no se nos escapa; ya lo tenemos en casa!

Practicándose averiguaciones en Selestado y se supo que a la misma hora y en el café designado, un joven había sufrido un ataque de apoplejía mientras bailaba, muriendo instantáneamente.

En Illfurt había relatado lo siguiente:

Ese chivo de N... y su esposa han ido a la pocilga (la Iglesia para devorar (comulgar). Tenían hambre. Apenas de regreso en su casa han comenzado a insultarse con escándalo y a blasfemar como locos furiosos. De sus bocas salían como copos de nieve las más horribles blasfemias. Yo me destornillaba de risa y gusto. Habrían podido muy bien ir de nuevo a la pocilga por la noche, porque su estado era mucho peor que por la mañana. He puesto sus blasfemias en una cajita para conservarlas.

En forma análoga encomiaba bailes y danzas, disputas y blasfemias.

EL DIABLO PROFETA
De lo que acabamos de decir se deduce claramente que el Espíritu Infernal conoce con precisión lo que sucede a distancia, aún en los países más alejados. También está al corriente en asuntos de historia.

Relataba a menudo acontecimientos registrados en tiempos remotos y completamente desconocidos de los testigos presentes.

Otras veces predecía lo que iba a ocurrir días o semanas después, y la exacta realización de tales predicciones maravillaba a cuantos de ellas tenían noticia.

Frecuentemente revelaba a los presentes en sus mismas barbas malas acciones que hicieron y les reprochaba sus pecados más secretos; no pocos se esquivaban a toda prisa, procurando no ser vistos ni oídos.

De tiempo en tiempo se metía a Predicador. Un día dijo a un vecino curioso: -¡Tú, borrachín! ¿no estabas allí cuando el ensotanado ha dicho que era pecado emborracharse? No obstante, has ido a N..., para embriagarte. Eres tú, si, eres tú mismo la causa de que tu hija y tus ganados estén enfermos.

El día de Ramos, a otro feligrés de Illfurt le dijo las verdades del barquero:

¡Eh, tú, compañero de la Diosa botella! ¿no has oído al cleriguillo predicar en la pocilga que no se debe ir a la taberna? De está manera obedeces? ¿No has ido a la taberna de X... a beber cerveza con el panadero de Flachslanden? (aldea vecina).

No pocos pagaban más cara su curiosidad. O largándose casi acontecidos o quedaban como heridos por el rayo cuando Satanás les revelaba íntimos y terribles secretos, o reprochaba grandes pecados de su vida pasada, que ellos creían absolutamente olvidados o desconocidos.

El Alcalde de una localidad de los alrededores de Estrasburgo dijo un día, después de la sesión del Concejo Municipal:

¿Señores, hay entre ustedes alguno que el Domingo próximo quiera acompañarme a Schiltigheim, a ver a los endemoniados?

Muchos se ofrecieron, y uno de los Concejales advirtió:

Sepa, Señor Alcalde, que el Diablo suelta a veces verdades terribles, según cuentan.

¿Saben ustedes qué podemos hacer? -continuó el Alcalde, hoy es Sábado: vayamos a la Iglesia a confesarnos; mañana, en la primera misa, comulgaremos; de está manera el Diablo nada podrá reprocharnos.

Así lo hicieron.

El Domingo marcharon a Schiltigheim. Llamaron y salio una Hermana a preguntarles qué deseaban.

Quisiéramos ver a los endemoniados -respondió el Alcalde.

Tengan la bondad de seguirme, caballeros, que les acompañaré.

Cuando la Religiosa hubo abierto la puerta, el endemoniado exclamó:

¡Vaya, ya están aquí! Ya llegó el Alcalde de X... con el Adjunto y otros Concejales. ¿No estabais muy tranquilos, verdad? Por esto habéis ido a la Iglesia a haceros raspar la costra de vuestra conciencia. Más entre vosotros uno hay que no ha hecho lo que importaba. ¡Robó rábanos!

Cierto; pero restituí dando dinero a los dueños -replicó el aludido con desasosiego.

Pues no lo recibieron -repuso el Demonio

El Alcalde entonces dijo:

Marchémonos, Señores; no sea que me reproche también algo a mi.

En un abrir y cerrar de ojos esquivo toda la cuadrilla. Cuando el episodio fue conocido, al ladrón de rábanos se hizo objeto de merecida rechifla.

Varias veces Teobaldo predijo la muerte de otras tantas personas. Dos horas antes del fallecimiento de una tal Señora Muller, arrodillándose en la cama e hizo ademán de tirar de la cuerda de una campana.

En otra ocasión repitió igual música.

¿Por quién tocas? -le preguntaron.

Por Gregorio Kunegel -respondió, y añadió detalles del estado del enfermo, sus vestidos, personas que le cuidaban, etc., etc.; todos resultaron exactos. El enfermo murió al día siguiente.

Tanto se esforzó el endemoniado para tirar de la cuerda que quedó rendido y bañado de sudor.

El Sábado anterior al tercer Domingo de Cuaresma anunció para el día siguiente la llegada de centenares de extranjeros a Illfurt, porque había corrido el rumor de que los endemoniados se habían librado de Satanás. Efectivamente, el Domingo fue extraordinario el número de visitantes. Por la noche el Demonio se mostraba muy satisfecho y lanzaba gritos entusiastas porque con el falso rumor que el mismo había cuidado de divulgar consiguió que muchos, para satisfacer la propia curiosidad, quedaran sin misa.

Hablaba de sucesos ocurridos veinte, treinta y hasta cien años atrás, con tal seguridad y tal precisión que se podría haber tenido por testigo presencial.

En Enero de 1.869 nombraron al Señor Tresch Alcalde de Illfurt. En el pueblo aún no lo sabían y ya el endemoniado le daba el título de “Señor Alcalde”. Poco antes de nombrarle, el pequeño dijo a su madre:

Estoy tan furioso que casi reviento.

¿Por que? -pregunto la buena mujer.

Porque ese asqueroso ha sido elegido Alcalde; la rabia nos devora a mi y a los míos.

Hablaba de está suerte en el preciso momento en que en la Prefectura de Colmar se efectuaba la designación.

Cuando el Señor Tresch entró, grito el endemoniado:

Eres un Eclesiástico, has estado en Siedlen (Einsiedeln, Nuestra Señora de las Ermitas, en Suiza).

Mientes -replicó el Señor Tresch.- Dime dónde he estado.

En Stadt.

¿En qué Stadt?

En Sclett. (Schlettstadt – Selestado.)

Así era, en efecto. El pequeño agregó:

También has estado con los traperos (así llamaba a los PP. Capuchinos); les ha llevado dinero para que hagan andrajos (para que digan misas).

Realmente, el Señor Tresch había ido poco tiempo antes al Convento de Capuchinos de Dornach, cerca de Basilea, a encargar al P. Guardián dos misas para el libramiento de los endemoniados. En Illfurt nadie lo sabía, exceptuado el Señor Brobeck, que le acompañó.

Durante una crisis de extrema violencia el Demonio hizo saber que muchos Sacerdotes, cuyos nombres dada, lo propio que los de sus Parroquias, habían hablado de el al Señor Obispo y a la Autoridad Civil:

El cleriguillo de X... y el cleriguillo de Z... han escrito al gran clerizonte, el Capigorrón, y el Capigorrón ha enviado ya a Mulhouse la respuesta tocante a los dos perritos (los dos endemoniados).

Dirigiéndose a una de las Hermanas, añadió:

Tú, vocinglera, con tus bostas ensartadas como un rabo de gato (el Rosario), no pasarás tres noches aquí, en el cuartito de al lado.

Extraordinario fue el asombro de los presentes, de las Religiosas sobre todo, que no sospechaban cambio alguno de residencia. Aquella misma noche llegó del Convento para las Hermanas una carta en la que se les ordenaba que se despidieran de los enfermos y regresaron a Mulhouse antes de las cuarenta y ocho horas.

Cierto día el niño José dijo al Señor Tresch:

Voy a recordarte un episodio de tu juventud.

Una vez fuiste al bosque a cortar leña y una serpiente vino hacía ti arrastrándose.

¿Qué hice con ella?

Cortarle la cabeza mientras invocabas los tres nombres (la Santísima Trinidad). ¿Sabes que entonces mataste a uno de mi pandilla? Si no lo hubieses dado muerte invocando los tres nombres te habrías extraviado en el bosque y nunca más hallado la salida.

El Señor Tresch lo recordaba perfectamente, y así lo manifestó.

Contaba a veces el endemoniado detalles relacionados con los comienzos del género humano, completamente conformes con el relato bíblico. Decía que había asistido a la tentación de nuestros primeros padres y a la destrucción de Sodoma y Gomorra -No tendrías necesidad -añadía- de chillar (rezar), o de soplar a través de la rejilla (confesarte), si yo no le hubiese cogido la manzana a Eva.

De vez en cuando hablaba de acontecimientos históricos muy antiguos:

Durante la guerra de los Suecos, no fue destruida la vieja pocilga (la capilla del cementerio); pero mataron al cleriguillo al pie del altar, precisamente mientras sostenía la Custodia. Un soldado que iba a decapitar a la Gran Señora, cayó atrás y reventó. Me lo llevé con otros muchos. La Gran Señora no tolera que roben en la pocilga.

Dio, asimismo, muchos detalles de crímenes horribles cometidos en tiempos pasados en Illfurt.

El día 12 de Marzo de 1.868, el Señor Tresch se hallaban en casa con los niños, muy sosegados. Súbitamente se presento el Maligno.

¡Ya estoy aquí! -gritó con voz varonil, pero ronca y siniestra.

¿De dónde vienes? -pregunto el Señor Tresch

De Casa Garell

¿Quién es ese Garell?

Un encuadernador.

¿De dónde?

Del lugar de aquellos que a veces vienen a verte. (Selestado.)

¿A cuáles dos te refieres?

Al alto y al anciano

¿Cómo se llaman?

Canisi (Señor Spies). No se el nombre del otro (Señor Martinot); me da asco.

¿Qué has hecho en casa del encuadernador?

Pasé en ella todo el día. El iba a encuadernar un hermoso libro cuya lectura le gustaba. Yo me sentía a mis anchas; a su lado permanecí todo el día.

¿Vive lejos del alto?

No; unas casas más arriba.

No vas nunca a casa del alto?

No, la puerta es demasiado baja para que yo pueda entrar.

¿Qué hay, además, que te da miedo en casa del alto?

La Gran Señora de la fachada.

¿Y del anciano, qué?

Nada quiero saber de éste; me da muchísimo asco.

¿Tampoco vas nunca a su casa?

¡No, no, lleva algo encima que me lo impide!

¿Es, por ventura, el Crucifijo que le viste aquí?

No, es otra cosa que el cleriguillo muestra elevándolo, y que me pincharía si iba a su casa.

Se trataba de una reliquia de la Vera Cruz, guardada en un relicario de plata en forma de Cruz.

Cuando el Señor Spies supo por el Señor Tresch lo tratado en está conversación, fue inmediatamente a ver al encuadernador Garell, que vivía en la Calle de los Caballeros, cerca de su casa, y le preguntó si tal día leyó un libro que le llevaron para encuadernar. El Señor Garell, que no lo recordaba con exactitud, miró su libro registro y vio que, en efecto, el día indicado encuadernó una Biblia protestante para el Pastor de Salestado, y de ella leyó diferentes fragmentos. Entonces el Señor Spies mostró la carta de Illfurt.

El encuadernador exclamó, como herido por el rayo:

¿Por qué razón el Diablo ha de ocuparse de mi?

El Señor Martinot, que acompañaba al Señor Spies, explicó al encuadernador que no debía sorprenderle si tenía presente la Doctrina de la Iglesia, según la cual el Demonio anda rondándonos como león rugiente y buscando a quien devorar. Y le habló más extensamente de la naturaleza de los espíritus infernales, y de su misteriosa influencia en los destinos del hombre.

Tampoco ocultaba el Demonio su sentir político. No le era grato el Emperador Napoleón III, seguramente porque, a la sazón, mantenía buenas relaciones con el Papa. Por el contrario, a ratos manifestaba sus preferencias por el régimen republicano, porque a menudo saludaba a los visitantes de este modo: “Libertad, Igualdad, Fraternidad. ¡Viva la República!”

¡Tú estás loco! ¡No sabes lo que hablas! -dijo el Señor Spies, y preguntándole: ¿Por qué dices esto?

Si que sé lo qué me digo -replico- ¡Viva la libertad, la igualdad, la fraternidad! Para nosotros este es el mejor tiempo.

El día 24 de Julio de 1.798, el Tribunal Revolucionario de Colmar condenó a muerte al Abate Juan Bochelen, Vicario de Seppois-le-Bas, oriundo de Colmar. El motivo aparente había sido la transgresión de la ley sobre emigración; el motivo real, el odio a la Religión. Le fusilaron aquella misma noche en la cueva arenera, en las afueras de la Ciudad. Los amigos conservan como verdaderas reliquias objetos que pertenecieron a aquel Confesor de la Fe; la familia Bochelen recibió, entre otras cosas, la camisa ensangrentada.

El 28 de Julio de 1.842 un incendio violento destruyó muchas casas en Illfurt; entre ellas fue presa de las llamas la de la familia Bochelen. Sin embargo, pudo salvarse una caja que contenía el cáliz, cartas, el breviario y otros objetos del Sacerdote fusilado por los revolucionarios; pero la reliquia más preciosa, la camisa ensangrentada, desapareció; sin duda alguno la había robado.

Las pesquisas que se practicaron no dieron el resultado que deseaba. Un día el Profesor Lachemann preguntó a Teobaldo:

Escucha, Teobaldo, ¿conoces a Bochelen?

¡No me hables de este Ritter-Stritter (Caballero Combatiente) -respondiendo el endemoniado.- No quiero oír hablar de el. Dentro de treinta años, cuando le desentierren, demasiado se hablará de el.

Treinta años después, en 1.897, se edito un libro, escrito por el Señor Cura Soltner, sucesor del Reverendo Brey, titulado: Juan Bochelen, el último mártir de la gran Revolución en Alsacia. La obra se salvó del olvido la memoria de aquel héroe y glorificó de nuevo sus admirables virtudes. Delante de la nueva Casa Rectoral se erigió un magnífico monumento al Noble Confesor de la Fe; un medallón de cobre, inscrustado en el zócalo, representa la escena de la ejecución.

Algunos días después de la visita del Profesor Lachemann, un nieto de la familia Bochelen preguntó al mismo endemoniado:

Teobaldo, ¿qué se ha hecho de la camisa de Bochelen?

¡Cállate! -grito el muchacho, un buen mozo (al decir del Diablo) la robó (cuando el incendio), de no ser así, más tarde la habrían convertido en cápsulas de héroe (reliquias).

NUEVAS ARTERÍAS
Muy triste era la suerte de los pobres niños. El espíritu infernal les torturaba espantosamente, en especial cuando estaba enfurecido por causa de alguna medalla o de cualquier otro objeto bendito. Entonces el endemoniado no tenía miramientos por nadie; estropeaba o rompía cuanto le caía en manos. Si alguno intentaba oponerse a viva fuerza a esa tarea destructora, resistiéndose el endemoniado con suma violencia y era muy difícil el empeño de someterle.

En distintas ocasiones manifestó el Demonio que más hubiera preferido residir en el cuerpo de un hombre fuerte de edad madura, porque entonces no podría dominarse tan fácilmente; pero como residía en el de un niño no tenía derecho de usar fuerza mayor que la permitida por la edad del muchacho.

Satanás se quejaba particularmente del Señor Tresch que iba todos los días a visitar a los endemoniados: -Tengo aún una cuenta pendiente con éste- dijo un día así que el Alcalde se hubo marchado. Poco tiempo después una de sus vacas rompiéndose una pierna. -Esto para comenzar- dijo el Diablo, cosa más fuerte seguirá.

Algunos días después muriendo dos becerros.

Que vaya apuntando -rezongó el Demonio- y no ha terminado.

Transcurrió bastante tiempo sin ocurrir otro accidente hasta que un día el Alcalde cayó en la escalera y se rompió el antebrazo. Mientras la desgracia sucedía, el Demonio la contaba con tono burlón a los presentes.

Durante el mes de Marzo de 1.868 el Señor Tresch compró un cerdo. Hasta entonces la bestia había estado bien. Desde el día siguiente al de la compra perdió el apetito, la pobre bestia desmejoraba. El veterinario no supo hallar dolencia. Ocurriéndosele al Alcalde una idea que puso en seguida en ejecución. Colgó en la pocilga una medalla bendita de San Benito; la bestia curó instantáneamente y comió como antes. En la primera visita que hizo después el Señor Tresch a la casa Burner, el Demonio declaró:

Ahora sí que he perdido el derecho de entrar en tu casa; nos vemos obligados a dar vueltas por encima del tejado desde que colocaste aquella porquería en la pocilga.

El mal espíritu, de tiempo en tiempo metía ruido en otras casas de Illfurt, especialmente en la de Benjamín Kleiber. Sometía esta pobre gente, que más de una vez debió llamar al Señor Cura para exorcizase la casa y el establo. Las familias Brobeck y Zurbach también eran a menudo víctimas de las iras del Maligno.

Este, a media noche armaba un alboroto infernal y al día siguiente les decía: “¡Eh, qué tal! ¿Me habéis oído esta noche? ¡Vaya una algaraza con que os he obsequiado1”

Se mostraba muy enfurecido contra cuantas personas se interesaban por los endemoniados y aprovechaba toda ocasión para causarles daño. En dos noches hizo perecer las abejas de veinte colmenas pertenecientes a los Brobeck; las abejas tenían la cabeza cortada. Como Satanás confesó que operación tan extraña era obra suya, el Señor Brobeck hizo bendecir el colmenar y esta ceremonia paralizó inmediatamente el poder del espíritu destructor. “No pudo seguir saciando mi odio- exclamó gimoteando, -las muecas del cleriguillo han neutralizado mi poder de perjudicar.”

En otra ocasión divirtiéndose el Demonio vaciando gran cantidad de nueces de la propia familia Brobeck; particularidad notable, encontraron las cáscaras completamente cerradas, sólo presentaban ligera rozadura.

Una vecina, llamada María-Ana Kleiber, disponiéndose a cortar rebanadas de pan para la sopa. Su hermana mayor, Catalina, que estaba sentada a la ventana, vio escurrirse un ratón en el comedor:

¡María-Ana! -grito- ¡un ratón! ¡mátalo!

Haciéndolo la pequeña; pero en el mismo instante se le entorpecieron las piernas y quedaron como paralizadas.

Sospechó Catalina que fuese el accidente cosa del Demonio, y queriendo saber a que atenerse fue a consultar a los endemoniados. Estos, no bien la divisaron, dijeron a gritos:

¡Eh! ¡ratón!

De este modo revelaron el secreto sobre el cual la muchacha iba a preguntarles.

A los tres días de sufrir atrozmente la pobre María-Ana, su familia decidió hacer bendecir la casa; la enferma frotándose con agua bendita y quedó perfectamente e instantáneamente curada.

El Diablo se complacía mucho viendo figuras de perros o de serpientes. A menudo, con lápiz o tiza dibujaba ejemplares curiosos: -De estás especies -decía-, los tenemos en el infierno; son nuestros patronos.

Un día Teobaldo quejándose amargamente a la Hermana que le cuidaba.

Hermana -le dijo,- tengo piojos.

Examinándole la Hermana atentamente y en la cabeza del niño encontró incontables parásitos rojos. Con otras tres personas se puso a limpiarle la cabeza ayudándose de peine y cepillo. Pero cuantos más destruían más quedaban.

Espera, Satanás; voy a echarte con tus asquerosos piojos.

Con agua bendita roció la cabeza del niño, mientras decía:

En nombre de la Trinidad Santísima te mando que dejes a mi hijo.

Instantáneamente desapareció la miseria.

Igual admirable resultado obtuvo empleando el mismo medio con José, que comenzaba a quejarse de tan sucio mal.

Cuando llegaba algún visitante que no traía encima ningún objeto bendito, regularmente paraba el reloj y el Demonio se burlaba de él. Un día pregunto el Señor Tresch por qué no le jugaba a el la misma pasada, y el Demonio le respondió:

Si pudiese lo haría

Durante el verano de 1.868 gozaron los niños buen período de calma. Cuando se reprodujo la crisis el Señor Tresch preguntó al Maligno.

¿Donde has estado este verano?

He tenido mucho que hacer

¿Has estado en España? (Había estallado la revolución, que destrono a Isabel II)

Si; allí precisamente hemos tenido mucho trabajo. Por fortuna no han escaseado las caídas (apostasías).

¿Cooperaste a las asechanzas contra la reina?

¡Toma! ¡Ya lo creo!

Porque allí en cada casa, o poco menos, hay un cleriguillo.

¿Tantos hay? ¿Más que aquí?

Luego dijo el Demonio al Señor Tresch:

Si yo conseguía ganarte a ti y al creriguillo de aquí podría quedarme. Pero tú eres muy duro de pelar, lo mismo que el Spitz (Spies) de Selestado y el gran vocinglero (Martinot).

Responde, ¿no es verdad que la Santísima Virgen me protege y asegura mi perseverancia?

¡Cállate, silencio! -chillo irritado.

En otra circunstancia confesó el Diablo que había ayudado en la perpetración de crímenes a Troppmann, el famoso bandido autor de muchísimos asesinatos.


 
lobo1Fecha: Martes, 08 Ene 2013, 0.46 AM | Mensaje # 3
Generalísimo
Grupo: Administradores
Mensajes: 31915
Premios: 50
Estatus: Offline
EL MARTIRIO DE LOS NIÑOS
La triste situación de los dos endemoniados constituía para éstos verdadero martirio. Sólo el verles inspiraba lástima y horrorizaba.

Durante los dos primeros años, casi constantemente debieron de guardar cama. Dos o tres veces cada hora cruzaban las piernas de un modo completamente anormal, enlazándolas como hilos de un cordel y manteniéndolas tan apretadas que era imposible separarlas. Luego, súbitamente se desenlazaban con la rapidez del relámpago.

A veces arqueaban el cuerpo apoyándose en el suelo con la cabeza y los pies y levantaban muy alto el vientre. Ninguna presión era capaz de devolver al cuerpo su posición natural, hasta que Satanás se dignaba dejar en paz a su víctima.

A menudo, estando los niños en cama, volvían hacia la pared y con muecas diabólicas respondían a quienes les hablaban o querían distraer. Si se ponía un rosario sobre uno de los endemoniados dormido desaparecía instantáneamente el niño debajo de las sábanas y no reaparecía mientras no se quitaba el rosario.

En otras ocasiones estaba el endemoniado sentado en una silla; una fuerza misteriosa les levantaba y ya en el aíre los dejaba caer violentamente; la silla volaba por un lado y el niño por otro.

Hasta la Señora Burner, cierto día que estaba sentada en un banco al lado de su pequeñito, fue con éste levantada y lanzada a un lado, sin que sufriera daño alguno.

A veces se hinchaba el cuerpo de los endemoniados como si fuese a reventar; entonces aquellos infelices echaban por la boca espumajos, plumas y fucos.

A menudo tenían las ropas cubiertas de esas plumas, que apestaban toda la casa.

En el patio o en el huerto, los endemoniados se encaramaban, ágiles como gatos, en las menores ramitas y nunca las rompían.

De tiempo en tiempo sentían en la habitación de las infelices criaturas calor atroz, insorportable; sin embargo, no había en ella chimenea. Cuando alguno manifestaba su sorpresa, el Diablo exclamaba riendo:

¿Caliento bien, eh? ¿Verdad que en mi casa hace calor?

La madre dormía en la misma habitación que sus hijos; cuando el calor se le hacía irresistible levantándose de la cama para rociarla con agua bendita. Inmediatamente reaparecía la temperatura normal y entonces podía entregarse al descanso.

Lo mismo que la madre experimentaron las Hermanas enfermeras.

¿Cuál será, pues, el fuego del Infierno encendido para torturar a los ángeles rebeldes? Esto hace pensar en las palabras del profeta: ¿Quién podrá habitar en un fuego devorador? ¿Quién podrá morar entre los ardores sempiternos?

Trabajo muy pesado tenían las buenas Hermanas de Niederbronn, Severa y Métula, con el cuidado de los endemoniados. Ya manos invisibles arrancaban las cortinillas de las ventanas y éstas, no obstante estar bien cerradas, se abrían con rapidez vertiginosa; ya sillas, mesas y otros muebles eran derribados y arrastrados por el maligno espíritu; ya conmovían toda la casa como sacudida por violento terremoto.

Presentándose un Sacerdote o algún Cristiano fervoroso, inmediatamente los endemoniados se arrastraban hacía debajo de la cama o de la mesa, cuando no saltaban por la ventana. Al contrario, cuando otros fieles llamados cristianos liberales iban a visitar a los enfermos, éstos daban muestra de vivo gozo y decían:

¡He aquí uno de los nuestros! ¡Todos deberían parecérsele; entonces estaríamos muy contentos!

Después que Teobaldo hubo llegado al establecimiento de San Carlos, estuvo quieto el Demonio durante tres días. Pero el cuarto, a eso de las ocho de la noche gritó:

¡Estoy aquí y muy enfurecido!

¿Quién eres? -pregunto la Hermana enfermera.

Soy el Príncipe de las Tinieblas

Su voz parecía a los mugidos de un toro al estrangularlo

Desde entonces cuando el muchacho se encolerizaba ofrecía un aspecto aterrador. No tenía miramientos por nadie, ni siquiera por su madre.

Rasgaba sus ropas, rompía cuanto le venía a las manos, hasta que se conseguía dominarlo.

Si le daban un vestido con una medalla cosida entre la tela y el forro, se apresuraba a separar éste y sacudir el vestido para que le cayese la medalla.

Ensordeció de tal manera que un día que el Superior, Monseñor Stumpf, hizo un disparo de pistola casi tocándola la oreja, exclamó:

¡Oh! ¡el tunante! ¡quiere disparar y no lo consigue!

Monseñor Stumpf llegó un día en carruaje acompañado de un Sacerdote de Estrasburgo para ver al enfermo. Precisamente Teobaldo se hallaba tamborileando en los cristales de la ventana y vio el coche a cierta distancia.

¡Hola! -exclamó- ya está aquí el lodoso. Voy a jugarle una mala pasada.

Dos segundos después se desprendió una rueda; los dos visitantes debieron apearse y seguir a pie.

Ocupándose principalmente el Espíritu Infernal en gastar irritantes jugarretas a otros, en torturar a los “perritos” (Teobaldo y José) y martirizarlos despediadamente. Esto debía durar más de cuatro años, porque en la Capital había muchísimas personas que no querían creer en las posesiones demoníacas, a pesar de la primera información oficial. Unos meses después se hizo una segunda que debía poner término a tan doloroso martirio mediante el rescate definitivo de las dos pobres víctimas. Pero, no anticipemos.

Un día, un Oficial de un Regimiento de Africa, de guarnición de Mulhouse, acuciado por la curiosidad fue a visitar a los endemoniados. Estos, al ver al bizarro Oficial, en el más puro francés le hicieron un examen de conciencia tan preciso y tan detallado dejando mucho de estupor al militar, que huyó más que deprisa y se convirtió seriamente.

Escenas análogos se repitieron con un Inspector de las Escuelas de Mulhouse y otros dos vecinos de esta Ciudad que fueron a Illfurt para curiosear. Las extravagancias del Demonio les convirtió en excelentes Cristianos.

El 3 de Marzo de 1.868, un martes por la mañana, Burner padre se dirigió al mercado de Mulhouse. Apenas llegó a la Ciudad, un muchacho, vendedor ambulante de hilo y agujas, conocido en toda la región, acercándosele y le reprochó duramente:

Tú eres la causa de la desgracia de tus hijos; te sirves de ellos para explotar la credulidad pública.

Y en el mismo tono prosiguió durante largo rato. El pobre Burner se defendió lo mejor que supo, mas no logró convencer a su interlocutor.

De vuelta a casa oyó de lejos al endemoniado que le gritaba:

¡Eh! ¡Cómo te ha regañado el pequeño vendedor! Te ha dicho que haces el charlatán con tus hijos!

¿Era también uno de los tuyos? -pregunto el padre

Si, ya le tengo cogido en mi red

Entonces voy a rezar en seguida un Padre nuestro para él, al fin de salvarle, y no le guardaré rencor por su grosería

Burner se puso a rezar el Padrenuestro e inmediatamente Satanás comenzó a lamentarse:

¡Madición! Mi red se ha rasgado y el muchacho se me escapa

Un día de abstinencia, Teobaldo reclamó carne imperiosa, y dijo en buen francés:

Ve a buscarme carne o salgo por la ventana

En días ordinarios nunca se le había ocurrido pedir carne

La Oración le horrorizaba

El Señor Tresch trajo un día un manual de preces antiguo, del año 1.646, que contenía algunas fórmulas enérgicas contra los malos espíritus. No bien lo hubo abierto, los endemoniados la colmaron de toda clase de injurias.

¿Como? ¿Esas tenemos? -dijo entonces el Señor Tresch, -pues bien, ya que tú comienzas, yo continuaré

Saltaron los endemoniados sobre la cama gritando:

Siempre vienes con esos viejos, esos sucios librotes

Y Teobaldo añadió:

Me sacas de mis casillas; no quiero oírte más; me vuelvo loco; que me lleven a Stephansfel (manicomio próximo a Estraburgo).

Aparentaron echarse sobre su contrario, morderle, arañarle. El Señor Tresch tendiéndoles la mano incitándoles a que le hiriesen si se atrevían. Dieron golpes; pero nunca en la mano, ahora a un lado de esta, ahora a otro.

Por lo demás, los endemoniados muy raramente conseguían ejecutar sus proyectos contra sus contrarios. Sin embargo, un día, en S. Carlos, Teobaldo arañó ligeramente al Abate Schrantzer, que le contradecía. Este no dio importancia a la herida, que, por otra parte, no le molestaba. Pero al día siguiente se le hincho desmesuradamente el dedo y la herida le hizo sentir violentos dolores; entonces asustándose y se lavó la lesión con agua bendita. Al otro día el dolor y la hinchazón habían desaparecido.

En otra ocasión, Teobaldo cogió una silla y la arrojó contra el propio Abate Schrantzer. Poco faltó para que le diera en la cabeza. Como el muchacho iba a repetir, el Sacerdote le toco la mano con agua bendita. El endemoniado abandonó la silla y se marchó a un lado murmurando y refunfuñando.

EN EINSIEDELN
En Mayo de 1.868 mostraron los niños más perversidad que nunca y constantemente estaban furiosos. Usaban un lenguaje tan ordinario y a menudo grosero que el Alcalde, Señor Tresch, y el Señor Brobeck resolvieron llevar en peregrinación a Teobaldo a Nuestra Señora de Einsiedeln, para ver si aquel Santo sitio podía conjurar la terrible crisis. En Illfurt nadie conocía el propósito de dichos Señores.

Al día siguiente Teobaldo interpeló al Señor Tresch:

Tú y Lien (Párroco de Orschweiler, amigo y paisano del Párroco Reverendo Brey), queréis llevarme al otro lado de los montes. Esto no me gusta. ¿Cómo? ¿Yo debo entrar allí? (en el Convento de Einsiedeln). ¡Nunca, nunca jamás!

El pequeño dijo:

¡Quiero casarme!

¡Si, con el Infierno! -exclamo Teobaldo. -¿Y yo?

El Señor Tresch le contestó:

Tú iras a la boda, ¿puedo venir yo también?

Si -respondió Teobaldo, -tú y Lien

Y varios más -dijo el niño; pero, ¡ay de vosotros!, la montaña es alta

No me dan miedo tus amenazas -replicó el Señor Tresch

Nada podían saber los niños del viaje proyectado; sólo el Diablo podía conocerlo. El propio maligno espíritu hacía estar melancólicos y pensativos a los muchachos, y no lograba disimular la rabia que sentía.

Llegó el día de la partida. Salió Teobaldo con los Párrocos Reverendos Brey y Lien y los Señores Lachemann, Brobeck y Tresch y muy a disgusto subió al coche del tren. En Mulhouse encontraron a otros Señores que también se dirígían a Einsiedeln: Loetsch, Provincial de los Fréres de Marie, Klein, Jefe de Estación, y Weber, Sacristán de un Monasterio de Estrasburgo.

Durante el viaje estuvo el muchacho muy tranquilo, admiraba el hermoso paisaje, los lagos y montañas, comía y bebía como los demás. Al siguiente día de su llegada a Einsiedeln fueron los mentados Señores al Convento a pedir hora y se les dijo que a las nueve se hallasen en una sala que les indicó, donde les esperaría el P. Exorcista.

Algo antes de la hora señalada salieron de su hospedaje para el Convento, pero Teobaldo resistió con toda su fuerza. El Señor Lachemann le cogió resueltamente y lo condujo al sitio designado donde les esperaba el P. Laurent Hecht. Este hizo muchísimas preguntas al endemoniado, pero no recibió respuesta alguna. Poniéndose a rezar las preces del exorcismo y el niño comenzó a gritar fuerte y dar golpes. En vista del resultado negativo, invitándoles el P. a que volviesen a la una.

Cuando a esa hora se presentaron, el P. Hecht colocó la estola sobre el niño y comenzó las preces. El endemoniado oponía tal resistencia que a penas cuatro de dichos Señores bastaban para sujetarlo. Al cabo de un rato estuvo unos minutos como muerto en el suelo, mas de repente saltó con ligereza buscando la puerta; no pudo huir porque le tuvieron firme.

El día siguiente otro Religioso, el P. Nepomuceno Buchmann, renovó el Exorcismo sin que se lograra mejor resultado. El niño estaba terriblemente inquieto y exaltado. Luego el P. hizo que los presentes le acompañaran a una gran sala adornada con varios Jefes de Estado. Teobaldo los miró con gran interés y decía que eran Soldados. El que más le gustó fue el retrato del Rey de Prusia. Al pasar ante el de Pío IX bajo la cabeza. El P. Buchmann se la levantó, mas entonces el niño cerró los ojos. El Religioso dijo:

Esto me basta

El Miércoles y el Jueves le llevaron a la Capilla ante el cuadro de la Virgen tan renombrado. Mientras los presentes rezaron cinco Padrenuestros y cinco Ave Marías estuvo temblando el cuerpo de Teobaldo; cabeza y manos se movían continuamente. No dejaba de mirar a la puerta con intención de escaparse, y en cuanto comenzaban un nuevo rezo bajaba la cabeza. A la salida les costaba gran trabajo retenerlo, tanta prisa mostraba. ¡Cuánto miedo, que espanto debe sentir Satanás ante la imagen de Nuestra Señora, la Reina del Cielo!

De nuevo intentaron los Religiosos librar al endemoniado; pero también inútilmente. Entonces aconsejaron a los acompañantes de Teobaldo que acudieran al Prelado para que este designara a un Sacerdote expresamente para la Ceremonia Solemne y Oficial del Exorcismo. El mismo consejo les había dado ya un P. Capuchino de Dornach, cerca de Basilea. En una carta de recomendación que el Padre Laurent dió al Reverendo Brey se afirmaba el verdadero carácter de posesión demoníaca de Teobaldo.

El muchacho emprendió contentísimo el viaje de regreso. Como a la ida, estuvo quieto y tranquilo.

En Illfurt permaneció catorce días sin hablar palabra.

El día del Corpus llevaron a la Iglesia a los dos niños. Repitiéndose la misma escena de la Capilla de Einsiedeln. Después del Oficio el Señor Tresch se los trajo a casa. De ningún modo querían permanecer en ella. El Alcalde mojó con agua bendita la cerradura y así se les pasaron las ganas de marcharse. Luego los condujo ante una imagen de Nuestra Señora que tenía en su dormitorio, pero no quisieron mirarla.

CONFESIONES DE SATANÁS
Cuenta el Señor Martinot en una de sus cartas que el Alcalde de Illfurt obligó a uno de los endemoniados a que confesara cuál era la verdadera Religión. El niño exclamó:

La tuya, para que lo sepas; las demás son falsas

¿Pero cómo es posible que tú confieses tal cosa? -añadió el Señor Tresch

Los tres de arriba me fuerzan. También he de decirte que nosotros carecemos de poder sobre los que piensan y obran como tú. Nada podemos contra los que se confiesan y comulgan dignamente, que son devotos de la Gran Señora e invocan a ésta, que es también causa de nuestra desgracia. Nada podemos tampoco contra aquellos que francamente y sencillamente siguen la doctrina de Aquel a quien odiamos, que están fielmente adheridos al Padre de todos los perros (el Papa) y sometidos al magisterio de la Gran Pocilga (la Iglesia).

Como el Señor Martinot le preguntara su nombre, respondió:

Conozco mi nombre y el tuyo tan bien como tú; pero no te lo diré, tengo mis razones para ello. Si fueses judío te respondería en todas las lenguas.

El día siguiente el Señor Tresch le preguntó por qué la noche anterior se portó tan porfiada y groseramente con los dos Señores de Selestado.

No puedo soportar -contesto- al “Spitz”, y al otro tampoco. Este, que vive en Selestado, pero que es natural de otra parte (el Señor Martinot procedía del departamento de Meurthe), reza demasiado. Reza tanto como puede. Da todo lo que tiene a los pobres. No puedo sufrirlo. No me hables más de el.

Satanás no me mostraba nada cortés con el Señor Tresch. Un día dijo:

Eres un sórdido avaro, un miserable; nunca me das nada, ni siquiera las mondaduras de patata. Todo es para la Gran Señora y para su perro. Hasta en tu casa tienes a la Gran Señora y para su perro. Hasta en tu casa tienes a la Gran Señora con el perrito en las rodillas.

¿Dónde está colocada la Gran Señora?

Encima de la puerta

Pero ésta no es la que tú temes

No, sino la que está en el armario pequeño y que tiene el perrito sobre las rodillas

Quería decir una Piedad que el Alcalde había recibido de una tía suya y por la que sentía especial devoción.

Un domingo por la mañana, mientras la campana de la Iglesia señalaba la elevación de la Misa, el Demonio se enfureció en gran manera. La Hermana le dijo:

Espera, pronto te obligarán a marcharte. ¿No podría echarte yo?

Tienes poca nariz -le contestó el Diablo burlonamente

¿Entonces quién podrá hacerlo?

Carlos Brey -fue la respuesta

El Demonio que residía en el mayor anunció igualmente que se vería obligado a ceder en presencia de doce personas y que el menor (Teobaldo) recobraría entonces el odio. -Pero- añadió -opondré enérgica resistencia.

Más adelante veremos que, en efecto, fue terrible la que opuso el Demonio al Exorcista, y que la liberación se efectúo en presencia de doce personas.

Un Sacerdote Santo, antiguo Capellán de San Carlos, vino expresamente a Schiltigheim para hacer una visita a los endemoniados. Al entrar en la habitación saludó diciendo:

In nomine Jesu omne genu flectatur caelestium, terrestium et infernorum. Apenas hubo pronunciado estas palabras el niño se desplomó como una masa inerte, comenzó a gemir y a dar gritos de cólera, y arrastrándose fue a esconderse debajo de la cama.

El Sacerdote repitió aquellas palabras y mandó al muchacho que se acercase. Como el endemoniado se negó, roció con agua bendita el lugar donde aquél se encontraba. Inmediatamente, el niño, andando a gatas, se adelantó y lloriqueando comenzó a dar vueltas como una peonza sobre el pavimento, corriendo después a esconderse en un rincón apartado.

La Señorita María Spies, única hermana viviente del Alcalde de Selestado, fue igualmente a Illfurt. Con un dedo en el que llevaba una Medalla de San Huberto tocó a uno de los endemoniados, el cual exclamó:

¡No me toques! ¡traes fuego, me quemas!

Y luego agregó:

¡Hola! Las bombas no pudieron entrar en tu choza; la Gran Señora está allí.

Aludía el Diablo al sitio de Selestado en 1.814, durante el cual ni un solo proyectil alcanzó la casa de los Spies, que se libró también durante la guerra de 1.870.

EL MÉDICO INCRÉDULO Y EL MAESTRO TODAVÍA MÁS INCRÉDULO
Después que el Gendarme Werner hubo enviado su primera comunicación a la Prefectura de Mulhouse, el Subprefecto, Dubois de Jancigny, mandó inmediatamente a Illfurt al Médico Forense, Doctor Krafft, con encargo de que examinara detenidamente a los dos niños y le comunicase en debido informe su dictamen.

El Doctor Krafft era protestante e incrédulo. Con aire de mofa y en tono irónico preguntó a los niños y al Alcalde acerca del origen de la posesión demoníaca y las diversas manifestaciones de ésta.

¡Bah! -exclamó después de oír las explicaciones, -aquí no hay Brujas ni Diablos; esto no es más que la enfermedad que llamamos “baile de San Vito”.

Los presentes asombrados en parte y en parte se disgustaron ante juicio tan sumamente ligero y temerario.

Pero, Señor Doctor -replicó uno.- Usted acaba de llegar, no puede emitir opinión sin haber visto lo que sucede.

Perfectamente -repuso el facultativo,- voy a producir una crisis; en seguida la tendremos.

Sacó su reloj y lo puso ante los ojos de Teobaldo, diciéndole:

Mira, pequeño; en la tapa de este reloj hay un pájaro grabado. Búscalo bien; si lo encuentras el reloj será tuyo.

Durante unos cinco minutos estuvo el niño mirando la tapa sin pestañear, y no encontró pájaro alguno, porque no lo había, sino otros dibujos y figuras.

El Doctor repitió la prueba con José, con el mismo resultado.

De ser cierta la opinión del Médico (!), la repetida prueba debía provocar en los niños una crisis nerviosa. No ocurrió así. Los niños siguieron tan tranquilos y el Doctor Krafft vio precisado a confesar que no se trataba de la enfermedad por él diagnosticada.

El Señor Antonio Zurbach, del Concejo, que se hallaba presente, cogió al Médico por el brazo y le hizo salir al corredor. Allí llenaron de agua dos vasos limpios. El Señor Zurbach dio al Médico otro vaso igualmente lleno de agua y le rogó que con la punta del dedo poniendo una gota del agua de este último vaso en cualquiera de los dos primeros. Así lo hizo. Luego le pidió que tomara esos dos vasos y los diera uno a cada uno de los niños, que siempre ardían de sed. Cogiéndolos con verdadero delirio. Teobaldo lo apuró de una vez; pero José, sin acercárselo siquiera a los labios, lo tiró al suelo gritando:

¡Qué porquería!

El Doctor Krafft, completamente turbado, salió al corredor para examinar el contenido del vaso.

¡Es raro -dijo,- si esta agua no tiene sabor alguno!

Ni que lo tuviese -repuso el Señor Zurbach.- ¡Si el muchacho ni siquiera la ha probado!

Entonces, ¿qué agua es esta? -pregunto el Médico

Es agua bendita -respondió el interpelado

No se de qué me habla -dijo el Doctor

Y sacando el reloj añadió, como si tuviera gran prisa:

¡Caramba, debería estar ya en la Estación!

Y desapareció. Pero no le quedaban ya ganas de burlarse ni de hablar con ironía.

Mucho peor lo pasó el Maestro de Illfurt, Señor Miclos. Era el Instructor, el Jefe de los incrédulos. En la Escuela se mofaba constantemente de lo que ocurría en casa Burner, y, por último, llegó a decir:

¡Bah! ¡Si no hay Demonios!

Días después marcho con sus dos hijos a ver a unos parientes suyos que vivían cerca de Colmar.

En el Champ-de-Mars de esta Ciudad se hallaban unos Soldados haciendo la instrucción. Ante ellos puso el Maestro y exclamó:

¡Je suis Napoléon I, l´empereur des Francais!

Luego cogió un pedazo de papel y acercándose a uno de los soldados para condecorarlo. El infeliz había enloquecido. Lo llevaron al hospital de la localidad y después a Stefansfeld, donde estuvo un par de meses, pasados los cuales dieron por curado y volvió a encargarse de la Escuela de Illfurt.

Ocho días después encontraron cadáver en el desván de la Alcaldía. El pobre se había ahorcado. El Gendarme Werner cortó la cuerda y el Médico Doctor Foncelet, que había sido llamado, confirmó el suicidio.

Todo lo que queda dicho lo había anunciado el Demonio, que siempre mostraba júbilo por incredulidad del Señor Miclos. De modo que tales sucesos tuvieron como resultado la conversión de muchos, que en lo sucesivo fueron fervientes cristianos.

LA INFORMACIÓN EPISCOPAL
Monseñor Raess, Obispo de Estrasburgo, informado de todo lo concerniente a las dos infelices víctimas, permaneció largo tiempo escéptico. Mas cediendo por fin a reiteradas instancias, en especial del Canónigo Lemaire, Deán de Altkirch, el 13 de Abril de 1.869 nombró una comisión de tres Eclesiásticos para que abriesen una información minuciosa. Eran los Señores Canónigo Stumpf, Superior del Seminario Mayor, más tarde Obispo de Estrasburgo; Sester, Párroco de Mulhouse, y Freyburger, Párroco de Ensisheim, luego Vicario General de la Diócesis. Los tres se trasladaron a Illfurt.

“Por estar ausente el Señor Cura hicimos dar aviso -dicen en su informe- de nuestra llegada al Señor Alcalde, el cual vino en seguida a la Casa Rectoral y se ofreció a acompañarnos donde se encontraban los niños, sin preguntarnos quienes éramos.

Llegados a una casita completamente aislada del poblado, el Señor Alcalde nos rogó que diéramos la vuelta al edificio para ganar la puerta de entrada sin pasar por delante de la ventana en la que solían estar los muchachos. La puerta, cerrada al exterior, se abrió a nuestra llegada y fuimos recibidos por una mujer de unos cuarenta años, pobre, sencilla y abatida de tristeza: era la madre.

Hizo una seña al Señor Tresch para decirle bajito que los niños estaban allí. Entrados en una pieza contigua vimos, en efecto, a un muchachito ocupado en devanar carretes de algodón. -”Es el mayor” -nos dijo el Alcalde.- “¿Y el otro -añadió- dónde está?” La Madre respondió sorprendida: “Hace un momento estaba aquí; ¿se habrá escapado otra vez por la ventana?”

El Alcalde se puso a buscar al chico en la habitación de al lado y acabó por encontrarle debajo de una cama, de donde le sacó a viva fuerza para traérnoslo. El niño se resistió con extrema violencia y durante más de diez minutos consiguió escondernos su cara. El Señor Alcalde cerró la puerta que comunicaba las dos habitaciones y se quedó en el umbral para impedir que el muchacho se evadiese.

Entretanto, nosotros observábamos al mayor, que apenas levantaba la vista de su trabajo. Es un muchacho de trece o catorce años, completamente sordo, de porte modesto y calmado, de mirada sencilla y franca, de rostro ingenuo; pero con aire de languidez y tristeza. Pasados algunos instantes de muda observación, saqué de mi bolsillo una Medalla bendecida por el Papa y la ofrecí al pequeño, cuyo carácter contrasta penosamente con el de su hermano. Es un diablillo que no piensa más que en distraerse y jugar. Mantiene la cabeza constantemente baja y nunca mira a nadie cara a cara. Su fisonomía es la de un picarillo que nada toma en serio y sólo desea hacer travesuras. Es indócil, burlón y tan insensible al trato cariñoso como a los regaños.

A este presenté primero la Medalla, Mas apenas la hubo visto con el rabillo del ojo, retrocedió de espaldas tanto como pudo, y, al verse detenido por la pared de un puñetazo me hizo caer la Medalla de la mano y hasta pareció que quería servirse de las piernas para defenderse. El Señor Alcalde recogió la Medalla y quiso hacérsela besar, lo que dio lugar a un incidente muy sensible: el niño, mientras luchaba con fuerza con el Alcalde, hacía muecas horribles y se contorsionaba como picado de la tarántula cada vez que la Medalla le tocaba el cuerpo; parecía que sintiese el contacto de un hierro candente.

Al mayor esta escena le dejo impasible, sólo una o dos veces dirigió una mirada indiferente a su hermano acorralado. Momentos después cogí la Medalla de manos del Alcalde y la ofrecí a Teobaldo.

Inmediatamente este, tan quieto hasta entonces, tiró los ovillos y retrocedió asustado. Su rostro se enrojeció como púrpura, comenzó a respirar con fuerza y sus ojos se le turbaron. No obstante, como viese que yo insistía en hacerle tomar la Medalla, pronto se calmó, recogió los objetos que había tirado, los guardo en una cajita y fue a sentarse tranquilamente detrás de la mesa.

Sentándose a su lado el Señor Cura de Ensisheim y en el mismo instante enrojeció de nuevo y retrocedió al otro extremo del banco tocando a la pared.

Cuando vio que no le seguían, se puso a jugar maquinalmente con pedazos de papel que encontró sobre la mesa y a atormentarse los dedos con las uñas, mostrándose preocupado y como temeroso de que volviéramos a importunarle. El Alcalde le echó en los dedos algunas gotas de agua bendita y el niño volvió a agitarse con violencia. Quería huir, mas, como no encontraba salida, se dejo caer debajo de la mesa para esconderse. De allí le sacó el Alcalde y lo puso delante de nosotros en otro banco, a los pies de una cama, a mi lado. De un salto se precipitó el niño al extremo opuesto para librarse de mi proximidad, y otra vez calmándose se volvió de espaldas a los pies de la cama.

Una modesta cortina azul colgada del techo tapaba esta cama. Queriendo yo someter al muchacho a una nueva prueba, pedí al Señor Cura de Mulhouse que de detrás de la cortina le echase agua bendita sin que le viera. Así lo hizo el Señor Cura y el niño volvió a mostrarse inquieto, como si sintiera el peso de un dolor desconocido y misterioso.

Saqué entonces de mi brevario una estampita y aparenté dársela al niño; este me rechazó violentamente y sólo pude acercarme a el cuando el Alcalde le tuvo fuertemente cogido entre sus brazos. Poniéndole la estampita sobre la cabeza; pero se la hizo caer en seguida, y esta prueba pareció haberle causado gran fatiga. Se secó el rostro con los dos brazos a tiempo que respiraba con esfuerzo.

Mientras tanto, José salió por la ventana para ir a jugar con sus hermanos y hermanas delante de la casa.

Su Madre nos dio algunos detalles. Son, nos dijo, los mayores de nuestros seis hijos. Siempre habían sido muy dóciles, en especial el mayor, y frecuentaban la Escuela con gusto. Precisamente cambiaron de conducta un día al volver de la Escuela; no quisieron rezar ni tocar objetos de piedad. Desde hace mucho tiempo sufre el mayor frecuentes convulsiones, que se apoderan de el ordinariamente a las diez o a las doce de la noche. Durante tales accesos cambia de voz y pierde el sentido. Una voz extraña, gruesa voz de hombre, habla entonces por su boca, sin que el niño mueva los labios. Esta voz responde siempre en Alemán a las diferentes preguntas que se le dirigen, ya en Alemán, ya en Francés, ya en Latín. Las personas o los objetos de los cuales se le habla, los designa casi siempre con sobrenombres o con palabras, por regla general, groseras o odiosas...

Los tres Miembros de la Comisión Episcopal dejaron a los niños a mediodía, convencidos del estado muy anormal de éstos. Propusieron alejarlos de Illfurt tanto para poner término a la agitación que el caso producía en esta localidad y poblaciones circundantes, como para poder averiguar mejor la naturaleza de tales fenómenos. Diciéndose que el Prefecto del Alto Rhin autorizaba a aquel Municipio a imponerse los sacrificios necesarios para colocar a los niños en algún Instituto, y el Señor Alcalde de Illfurt afirmaba que los padres no se opondrían a ello si les aseguraba que las pruebas a que debía someterse a los niños no les causarían a éstos sufrimiento.

Monseñor Stumpf propuso colocarlos en un Establecimiento de Religiosas de Estraburgo, en el que podría comenzarse el Exorcismo, y el Rdo. Spitz ofreció el Orfanato de San Carlos de Schiltigheim, perteneciente al Convento de Todos los Santos.

Cuando la Comisión se hubo marchado, Teobaldo contó al Señor Tresch de dónde procedían los tres Eclesiásticos que la componían: de Mulhouse, de Ensisheim y de Estrasburgo. -El primero dijo- no cree mucho en eso; pero los otros dos tienen opinión bien determinada. Temo principalmente al de Estrasburgo que el Capigorrón (el Obispo) ha enviado a Illfurt. Pero ya le daré qué hacer.

El Señor Marula, Vicario General, fue de parecer que de momento sólo debía llevarse a Schiltigheim a Teobaldo, el mayor. Allí estuvo éste seis semanas bajo la Custodia de las Hermanas del Establecimiento, hasta que sonó para el la hora de la liberación.

Mucho tiempo antes se había proyectado una información oficial, mas no pudo llevarse a efecto por virtud de circunstancias especiales. Satanás lo había predicho. Un día que el mayor fue presa de violenta crisis, el Señor Tresch le preguntó en presencia de los Señores Spies y Martinot:

Di, ¿dónde has estado hoy?

¡Oh! No creas que haya perdido el tiempo; he estado en Estrasburgo -respondió el Diablo

¿Qué has hecho allí?

He engañado a cinco curitas

¿Cómo?

¡Toma! Me he puesto una sotana y así he conseguido engañarles

Estos Señores supieron más tarde que el Obispo había ordenado se abriese una información oficial y que el Sacerdote que debía practicarla no estaba satisfecho del encargo. Presentándose en Illfurt, pero no vio a los niños, ni franqueó siquiera el umbral de la casa Burner. Fracasó, naturalmente, el proyecto, lo que fue beneficioso para la causa del Diablo.

Una buena mujer se presentó en el Convento de los PP. Redentoristas de Landser para repetir su confesión general, hecha anteriormente. Decía esta mujer que habiendo visitado a los endemoniados de Illfurt observó que el Diablo parecía estar contenta de ella, lo que le produjo desazón por pensar que no tenía la conciencia en regla.

Un Sargento de Gendarmes, que desde hacía mucho tiempo había perdido la Fe por culpa de las malas lecturas, iba de vez en cuando a la casa los Burner con el Señor Tresch. Siempre que se encontraba allí, el Demonio se mantenía oculto sin dar la menor muestra de su presencia, de manera que el incrédulo llegó a adquirir el convencimiento de que todo lo que se contaba no era más que una despreciable farsa. Pero cierto día que los pobres muchachos sufrían una crisis violenta, el Alcalde fue a buscar al Sargento para que le acompañase. Aquella atroz escena le impresionó tanto que, de vuelta a su casa, dijo a su esposa que estaba resuelto a cambiar de vida y que en adelante sería un fervoroso creyente. Y como lo propuso lo cumplió. A partir de aquel día frecuentó la Iglesia cuanto se lo permitieron las necesidades del servicio y cada mes recibió los Santos Sacramentos.

INFORME DEL GENDARME WERNER
Sobre la tan trágica historia de los dos niños endemoniados de Illfurt existen documentos muy interesantes, entre los cuales unas notas dejadas por el Profesor Lachemann, de los Fréres de Marie de San Pilt, conservadas hoy en el Colegio de Santa María de Roma, y el detallado informe del Sargento de Gendarmes de Illfurt, tal como éste iba remitiéndolo a la Prefactura de Colmar y a la Subprefactura de Mulhouse.

El Sargento, Señor Werner, cuando tomó posesión de su cargo en Illfurt era completamente incrédulo; pero como era hombre que buscaba sinceramente la verdad, la observación atenta de los sobrenaturales acontecimientos de casa Burner y una devota peregrinación a Lourdes le dieron otro modo de pensar, de manera que cuando se retiró a Vesoul era un Cristiano modelo.

Confió las notas que tomaba a un amigo suyo; en parte las damos aquí, haciendo constar que al ser divulgadas despertaron vivo interés no sólo el Alsacia, sino en otras regiones; todo el mundo deseaba detalles de la dolorosa crisis de los pobres niños.

Corría el mes de Noviembre de 1.868. Los Gendarmes de Illfurt comunicaron al Sargento Werner que la gente se aglomeraba otra vez dentro y ante la casa de Burner, con el deseo de presenciar las manifestaciones diabólicas en los pobres endemoniados. Inmediatamente se traslado allí el Señor Werner y vio con sorpresa que los niños tenían expresión abobada y temerosa, contra lo que otras veces había observado, pues siempre les había visto alegres, divertidos y con cara de inteligentes.

Preguntó entonces al Señor Burner qué les pasaba a los muchachos, y contesto aquél que los creía embrujados. El Sargento se hecho a reír:

No sea usted bobo -le dijo;- mande que llamen al Médico y verá como éste los cura.

Iba a retirarse el Señor Werner y uno de los presentes le rogó que esperase un poco, porque iba a empezar la crisis. Accedió. En efecto, unos momentos después gritó Teobaldo: -¡Aquí está, aquí está!- y en seguida empezó a hinchar el vientre de un modo sobrenatural; le silbaba el aliento y su pecho subía y bajaba como fuelle de herrero.

El Sargento apretó con fuerza el pecho y el vientre del niño para detener este movimiento; un Señor del Concejo que se hallaba presente le ayudó, y luego hicieron lo mismo tres o cuatro más. Al cabo de un rato ocupó el puesto del Señor Werner ...


 
lobo1Fecha: Martes, 08 Ene 2013, 0.53 AM | Mensaje # 4
Generalísimo
Grupo: Administradores
Mensajes: 31915
Premios: 50
Estatus: Offline
de un rato ocupó el puesto del Señor Werner un harinero llamado Bouvier, coloso con fuerzas verdaderamente extraordinarias. Este y tres más apretaban con tanta furia sobre el cuerpo del niño que hacían crujir las maderas de la cama. Ni éstos, ni los anteriores consiguieron nada.

El Señor Werner, temeroso de quebrantar los órganos interiores del niño, les rogó que le dejaran libre, mas Teobaldo gritó:

¡Bah! No siento absolutamente nada; podéis llamar a otros dos para que ayuden, no han de lograr más que éstos.

Entonces el padre Burner contó a los presentes que aquello ocurría con mucha frecuencia y que el lo remediaba con gran facilidad, sólo con rociar al niño con un poco de agua bendita. A petición del Señor Werner echó aquél agua sobre Teobaldo, de la boca de éste salieron grandes gemidos, luego su cuerpo se deshincho poco a poco y la crisis terminó.

EL GENDARME SCHINI TOMA LAS DE VILLADIEGO
En Illfurt había un Gendarme llamado Schini, antiguo oficial de Artillería condecorado con la medalla militar y otras muchas recompensas por méritos de guerra. Era Protestante y se complacía burlándose de los sucesos de casa Burner. Mofándose principalmente de los innumerables forasteros que acudían de todas partes deseosos de presenciar lo que él llamaba “bobadas de payaso” de los dos pobres niños.

Con todo, a él le pico también la curiosidad de verlo, mas no quería darse a conocer, y así como el Sargento, Señor Werner, iba siempre vestido de uniforme, Schini decidió ir de noche y en traje de paisano.

Cuando llegó estaba la casa tan llena, que le fue forzoso esperar en la puerta. No estuvo mucho rato. Uno de los niños, que estaban ya en cama, dijo a su madre:

Mama, vaya abajo a la entrada; al pie de la escalera encontrará al Gendarme Schini; haga que pase por entre la gente y tráigalo aquí. Hace ya mucho tiempo que no le hemos visto.

La madre cogió una luz y fue; pero no reconoció a Schini entre la multitud. Subió al cuarto de los niños y les dijo que la habían engañado.

¡Si, si! -gritaron los dos,- si que está el Gendarme Schini; pero viste de paisano.

Entonces bajó el padre y, efectivamente, encontró al Gendarme y le rogó que le siguiera, porque los niños deseaban verle. Un rayo no le hubiera sorprendido tanto. En vez de subir, se escabulló.

Apenas estuvo el padre con los niños, dijeron estos:

¡Papá; Schini se ha asustado!

En cuanto llegó Schini a casa le preguntó su Superior:

¿Cómo, ya de vuelta? ¿Qué ha visto?

Nada he visto; pero he oído y esto me basta.

Y contó cómo le conocieron los niños sin que pudieran verle.

Es raro -dijo para si,- nuestra Religión nos prohibe ser supersticiosos; mas, ¿cómo debo explicarme este misterio? A no ser que estos niños tengan el Don de doble vista.

Desde aquel día no hizo más burlas.

Dos días después fue a Illfurt un hombre de Spechbach. Caminando, pasó por delante de una viña cuyas dulces uvas le brindaban con su regalo. La tentación era realmente violenta. Disponiéndose a coger una; pero era buen Cristiano y se dijo: -No- y siguió caminando.

Llegó a casa Burner y no bien le vieron los niños exclamaron:

¿Qué uvas tan hermosas, verdad? ¿Por qué no las cogías? ¡Tan ricas como son!

Puede imaginarse el lector la enorme sorpresa del visitante.

UNA ESCENA EN SAN CARLOS
En una carta muy interesante fechada el 5 de Octubre de 1.869, escrita por Carlos André, jardinero de San Carlos, leemos el relato de una escena muy emocionante de la cual el citado André fue uno de los actores.

El sábado -dice- la Hermana Dámaso me dijo que llevara al niño (Teobaldo) a la Capilla del Establecimiento, aunque me fuese preciso emplear la violencia. Pensé que sería cosa fácil; me equivocaba. Cogí al niño, de catorce años de edad, y le tuve asido muy fuertemente. Las Hermanas le vendaron los ojos, para que no se diera cuenta de adonde le conducían, y me dirigí con el hacia la Iglesia. Apenas hubimos dado algunos pasos en está dirección, cuando Teobaldo se enfureció -estuvo tranquilo hasta entonces,- y de ningún modo quiso avanzar. Lo levanté para llevarlo. Pesaba tanto que hube de emplear toda mi fuerza para conseguirlo. Seguí adelante, como pude, ahora arrastrándolo, ahora llevándolo. De su boca no salía otro sonido que un aullido análogo al de los perros cuando lloran.

Las Hermanas quisieron ayudarme a llevarlo y le cogieron por las piernas que Teobaldo separó bruscamente, con violencia tal que lanzó muy lejos a las religiosas. Cuando yo hube llegado con el niño a las gradas de la Iglesia, enfureció, y comenzó a gemir y quejarse, y se volvió y revolvió en mis brazos como una serpiente. De pronto enlazó sus piernas con las mías tan fuertemente que nadie consiguió separarme de el. Yo estaba como ahogado y caí de costado contra la pared de la Iglesia; sudaba la gota gorda y apenas podía respirar. Después de descansar un rato, subí como pude las gradas y llegué hasta la puerta de entrada, que entonces abrieron.

Iba yo a entrar, cuando el niño, súbitamente, como herido por el rayo, se desplomo en mis brazos cual si estuviese muerto. Arrojaba espumarajos por la boca; sus ojos, hundidos en sus órbitas, permanecían cerrados. El pobre muchacho no daba señales de vida. Le arrastré hasta el centro de la Iglesia y allí caímos los dos en tierra. El niño estuvo cosa de dos minutos como un cadáver. De pronto se reanimó y chilló con aullidos de perro rabioso:

¡Quitad esta porquería! ¡Salgamos de esta pocilga!

Al decir esto se le lleno la boca de espumarajos amarillos. Queriendo entonces examinarle con atención los ojos, me incliné hacia el: el muchacho me escupió espuma en la cara. Se contorsionaba como un gusano al que se ha pisado y gritaba hasta asustar; al mismo tiempo intentaba arrastrarse hacia la puerta. Moviéndose ahora con mucha lentitud.

Como si hubiera sido herido por el rayo. Era un espectáculo terrible, atroz, y la oscuridad de la noche contribuía a aumentar nuestro espanto.

Tras media hora de espera volví a arrastrarle hacia la puerta. Apenas hubo franqueado el umbral se levanto por si mismo y comenzó a andar solo. Le cogí de la mano y le conduje a su habitación. Todos estábamos consternados; no hablábamos palabra, meditabundos, sumamente admirados.

El pobre niño está sordo; le hemos experimentado de todas maneras. Habla muy poco durante el día y cuando habla lo hace con voz de niño pequeño. Pero cuando el Diablo habla en el, la voz se vuelve fuerte, como la de un bajo profundo, ronca y difícil de entender.

Parece indiferente por completo a cuanto ocurre a su alrededor, va y viene como un idiota, no mira a ningún niño menor de seis o siete años y a ninguno toca. Tampoco mira nunca imagen alguna.

En cambio, muestra gran contento cuando ve arañas, sapos y toda clase de irracionales. Lo que más le gusta son los sapos. A menudo busca insectos, juega con ellos, les deja que le corran por las manos y les arranca las patitas. Habitualmente come igual que los otros; pero a veces se vuelve glotón; últimamente vació un gran cesto de manzanas, comiéndoselas una tras otra sin dejar ninguna.

Cuando la Hermana le sirve la comida después de haberla rociado en la cocina con agua bendita o tocado con una Medalla también Bendita, Teobaldo lo sabe en seguida, a pesar de no entrar nunca en dicha dependencia. Se acerca los platos, los mira atentamente y dice: “No tengo apetito; están sucios”, o bien: “están envenenados”. No los toca y, si no le traen otros, se queda sin comer. Lo mismo hace con la bebida.

Para el la Iglesia es una pocilga; el agua bendita, agua fétida o agua sucia; los Sacerdotes, ensotanados, cleriguillos, etc. Las Hermanas son enfermas impregnadas de suciedad; los Católicos, asquerosos; los niños, perritos. Por el contrario, para los Francmasones y Protestantes sólo tiene palabras de elogio. Decía hablando de ellos: “Estos son buenas personas; éstos son los que se necesitan, porque quieren la verdadera libertad.” Hablaba de ellos con gozo manifiesto. “Nos prestan grandes servicios a mis Señores”, porque el se da el nombre de amo y a los Demonios les llama sus Señores. De los Francmasones decía que le ahorraban mucho trabajo y le proporcionaban mucha clientela. Los asquerosos y los ensotanados, en cambio, le perjudicaban mucho, le daban no poco trabajo y le arrancaban muchas almas.

Cuando el Diablo habla por boca del niño, éste permanece como en éxtasis; está echado igual que un cadáver. Es buen mozo, aunque pálido y de aspecto melancólico. Vive y se porta como abrumado bajo el peso de grandes sufrimientos.

LIBRAMIENTO DE TEOBALDO
A principios de Septiembre de 1.869 se condujo al mayor de los endemoniados al Orfanato de San Carlos, en Schiltigheim. Le acompañó su pobre Madre. Por orden del Señor Obispo se abrió nueva y minuciosa información, encargada a Monseñores Rapp, Vicario General, el Superior Stumpf y el Reverendo P. Eicher, Superior de los PP. Jesuitas de Estrasburgo. Además, el Capellan Reverendo Hauser y el Seminarista de Estrasburgo, Abate Schrantzer, cuidaron de observar atentamente al endemoniado.

El aspecto exterior de éste llamaba la atención. Estaba seco y pálido, como muchacho que ha crecido demasiado deprisa. Sus negros ojos denotaban falta de firmeza, inquietud; su rostro parecía el de un enfermo convaleciente de larga enfermedad. Estaba completamente sordo. Ordinariamente permanecía tranquilo y se entretenía jugando o paseándose por el patio; con los visitantes hablaba en buen francés y hasta respondía en latín, pero nunca comenzaba el la conversación en esta lengua. No quería de ningún modo oír hablar de la Capilla. Aunque le vendasen los ojos y le llevasen en zig-zag por los corredores, así que llegaba cerca de la Iglesia se resistía con violencia y nadie era capaz de hacerle dar un paso. Entonces aullaba como un perro. Si se intentaba hacerle entrar a viva fuerza, se dejaba caer como una masa inerte y se le ponía la cara de modo que daba miedo el verla. Cuando se le rociaba con agua bendita se retorcía como un gusano pisoteado y sólo se calmaba al verse alelado del Santo Lugar.

Un día, el Señor Superior Stumpf llevaba el Santísimo Sacramento oculto debajo de la sotana. El endemoniado, como sintiendo la influencia de una fuerza misteriosa, se agitó con violencia y buscó un rincón donde esconderse. Cuando el Señor Stumpf salió del cuarto para volver al Santísimo a la Capilla, el endemoniado le siguió hasta donde pudo y fue escupiendo sobre las pisadas de aquél.

El domingo, 3 de Octubre, en el patio del Orfanato esperaba un carruaje que debía ir a Estrasburgo a buscar al Señor Superior, a la Reverenda Madre General y al Padre que debía hacer los exorcismos. Cuando todo estuvo dispuesto para la marcha, el Abate Schrantzer dio al cochero una Medalla de San Benito bendita. Teobaldo se hallaba en otra parte del patio, separada de aquélla por un edificio, de manera que no podía haber visto la entrega de la Medalla. A las dos de la tarde llegaron los de Estrasburgo e inmediatamente se dio comienzo a los exorcismos.

El niño fue llevado por fuerza a la Capilla; en ésta, los Reverendos Schrantzer y Hausser y el jardinero le tuvieron fuertemente asido. Teobaldo estaba de pie sobre la alfombra del comulgatorio, vuelto hacia el Sagrario, roja la cara, congestionada como la de un calenturiento. De la boca salia espeso espumarajo que se escurría por el suelo. El niño se volvía y revolvía como si estuviera sobre ascuas, y siempre tendía a dirigirse hacia la puerta de salida. Cada vez que el Señor Schrantzer, con un Crucifijo, le tocaba el pecho, éste se le hinchaba como un globo.

Comenzó a Exorcizarlo. El P. Souquat, designado por el Señor Obispo para la difícil operación, vaciló de momento, pues no creía seriamente que hubiera posesión. Pero no se había acercado aún al niño o acaso muy poco, y Satanás le gritó:

¡Canalla, vete! ¡Vete asqueroso!

En presencia de cinco Eclesiásticos, los Reverendos Arcipreste Spitz, Stumpf, Superior del Seminario Mayor, Rossé, Catedrático, Hauser, el Capellán y Schrantzer, de seis Religiosas y de la Madre del infeliz muchacho, el P. Souquat comenzó las letanías de los Santos. A las palabras: Sancta María, ora pro nobis, gritó el Demonio con voz formidable:

¡Sal de la pocilga! ¡Asqueroso! ¡No quiero!

Tales eran, invariablemente, los gritos con que acogía la invocación de algún Santo y, sobre todo, la de: Todos los Santos Ángeles y Arcángeles, rogad por nosotros.

Cuando el P. Souquat hubo llegado a la invocación: De las asechanzas del Demonio, libranos, Señor, el endemoniado sufrió enorme sacudida, temblor convulsivo se le agito el cuerpo, comenzó a gritar desaforadamente y se volvió y revolvió con tal violencia que a los dos Sacerdotes y al jardinero les costo mucho esfuerzo retenerlo.

Después de las Letanías el P. se situó ante el muchacho para recitar las oraciones indicadas en el Ritual; el endemoniado gritó incesantemente:

¡Asquerosos! Salgamos de la pocilga!

Al Gloria Patri vociferó: ¡No quiero! (dar Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo).

Antes de leer el Evangelio de San Juan, el P. Souquat trazó una cruz en la frente, otra en los labios y otra en el pecho del endemoniado, que aullaba como un perro y buscaba atrapar la mano del P. para mordérsela.

El P. Souquat pregunto entonces en alemán:

Espíritu de las Tinieblas, serpiente que ha sido aplastada, yo, como Sacerdote del Señor te ordeno en Nombre de Dios que me digas quién eres.

¿Y eso qué puede importarte, asqueroso? Lo diré a quien me plazca -fue la respuesta.

He aquí -replicó el P.- tu Espíritu orgulloso y el lenguaje que tuviste en presencia de Dios Todopoderoso cuando te arrojó del Cielo. No obstante, yo te lo mando: Satanás, aléjate, sal de esta Iglesia, tú no debes estar en la Casa de Dios; tu lugar está en las tinieblas del Infierno.

¡No quiero! -repuso el Diablo.- No ha llegado mi hora.

El P. Souquat había rezado y sufrido por espacio de tres horas; estaba bañado en sudor. Suspendió el Exorcismo para continuarlo el día siguiente y se despidió. En seguida sacaron de la Capilla al muchacho, que se calmó inmediatamente.

Por la noche, Teobaldo dijo al Abate Schrantzer:

¡Hola! Bien hiciste en darle una laminilla (medalla).

¿A quien?

¡Toma! Al cochero

¿Cómo lo sabes? ¿Qué habrías hecho en otro caso?

Habría volcado caballos y carruajes con los que en ellos iban; yo galopaba al lado de los caballos.

¿Qué te parece? ¿Verdad que te hemos sometido a fuerte tortura? ¿Conoces al que te ha dado la bendición?

¡Oh! Si; echó una vez a uno de nuestros Señores.

Efectivamente, el P. Souquat, muchos años antes, de una casa de Alemania había echado un Diablo.

El niño sólo por modo sobrenatural podía tener noticia de ello.

Esta conversación tuvo por resultado que el P. Souquat quedase plenamente convencido de que se trataba de una verdadera posesión diabólica.

El día siguiente, lunes, a eso de las dos de la tarde llegó de nuevo la Comisión de Estrasburgo y el P. Souquat comenzó inmediatamente el Exorcismo. Esta vez pusieron al niño una camisa de fuerza y le ataron a una silla encarnada. A pesar de esto el Demonio se revolvía como nunca. Levantó por los aires la silla con el niño, y a los tres que de éste cuidaban los arrojó ahora a un lado, ahora al opuesto. De la boca del endemoniado salían espumarajos y atroces aullidos.

Dos horas después, ya terminadas las Letanías y las Oraciones Litúrgicas, se levanto el P. y dijo al endemoniado:

Ha llegado ya tu hora, Espíritu inmundo. Yo te ordeno en nombre de la Iglesia Católica, en nombre de Dios y en mi propio nombre, como Sacerdote del Señor, que me digas cuantos sois.

¿Y a ti qué puede importarte eso, asqueroso?

Tal fue la respuesta, análoga a la víspera, obtenida del maligno.

¡He aquí -repuso el P.- la insolencia que gastas siempre y las que usáis en los infiernos! En el abismo de las tinieblas y no en la luz tienes tu sitio. ¡Vete, pues, al Infierno, Satanás inmundo!

¡No quiero volver allí; quiero ir a otra parte!

Te conjuro, Satanás, a que me digas cuantos sois.

No somos sino dos.

¿Cuál es tu nombre?

Oribas

¿Y del otro?

Ypés.

¡Pues bien, Espíritus Inmundos, yo os lo mando, salid de la Casa de Dios! Nada tenéis que hacer aquí. ¡Espíritus Malignos, alejaos, os mando en nombre del Santísimo Sacramento!

¡No quiero, asqueroso; no tienes poder alguno; mi hora aun no ha llegado!

El Exorcista temblaba, sudaba, estaba sobrecogido de emoción. No lo estaban menos los espectadores; todos permanecían consternados. No obstante, el Religioso reanudó la lucha con el Demonio, cogió el Crucifijo y, colocándolo ante el rostro del endemoniado, dijo:

¡Miserable Satanás, ni siquiera te atreves a mirar cara a cara el Crucifijo; vuelves el rostro para no verte obligado a mirarle; en cambio, desafías al Sacerdote! ¡Marchate, yo te lo mando; corre al Infierno que te ha sido preparado!

¡No quiero ir -exclamo el Diablo;- no se está bien allí!

No tenías más que obedecer a Dios -replicó el P;- pero tu orgullo te perdió. Eres Espíritu de las Tinieblas. Aléjate, pues, de la luz, y vuelve a las tinieblas preparadas para ti.

Y Satanás volvió a gritar:

No ha llegado todavía mi hora; no quiero ir.

El P. Souquat tomó un cirio bendito por el Papa y dijo:

Orgulloso Satanás; te coloco un cirio encima de la cabeza para alumbrarte el camino que conduce al Infierno. Esta luz es la de la Iglesia Católica y tú, tú eres Espíritu de Tinieblas. Vete, pues, al Infierno y quédate con tus camaradas.

Me quedo aquí -respondió el Diablo;- estoy bien donde estoy, y en el Infierno se está mal.

Por último, el P. Souquat tomó una imagen de Nuestra Señora y dijo:

Mira a la Bienaventurada Virgen María. Otra vez ha de aplastarte la cabeza. De nuevo ha de señalarte y marcar en tu pecho los nombres de Jesús y de María para que quemes eternamente. ¿De manera que no quieres irte? Yo te lo mando en nombre de Jesús, en nombre de la Iglesia Católica, en nombre de nuestro Padre Santo el Papa, en el nombre del Santísimo Sacramento. Tú no escuchas la palabra del Sacerdote; pero quien te habla y te ordena es la Madre de Dios. Ella te obliga a marcharte de aquí. Aléjate, pues, Espíritu Inmundo, a la vista de la Inmaculada Concepción. Ella te manda que huyas.

Durante ese tiempo, los presentes recitaron el Acordaos.

El Diablo, entonces, profirió con voz baja un profundo grito más formidable que nunca:

¡Ahora he de ceder!

Agitándose el endemoniado y se retorció como una serpiente pisoteada. De pronto, un ligero crujido se dejo oír en su cuerpo; el niño se estiro y cayó al suelo como herido de muerte.

El Demonio se había ido.

Esta escena fue para los que la presenciaron horrible, aterradora.

Momentos antes, una rabia que hacía estremecer, rostro encolerizado, respuestas insolentes, ahora, el niño tendido allí por espacio de una hora, como sumido en profundo sueño.

Está libre, no resiste al Crucifijo ni al agua bendita y deja que le lleven a su cuarto sin oponer la menor resistencia.

Cuando despertó, se froto los ojos, miro asombrado a los circunstantes, a quienes no reconoce.

¿Me reconoces? Le pregunta M. Schrantzer.

No, Señor, no le conozco, responde el muchacho.

La Madre, rebosando de dicha, lanza un grito de gozo. Su Teobaldo no está sordo. Su hijo está libre del Espíritu Infernal. Todos dieron efusivas acciones de gracias a Dios, que se ha dignado atribuir a la Iglesia tal poder sobre el Infierno.

La Madre regreso a Illfurt con su hijo, lleno de alegría el corazón, confiando firmemente en ver pronto libre a José. Esta esperanza debía realizarse el 27 del mismo mes.

LIBRAMIENTO DE JOSÉ
Ya en su casa, Teobaldo volvió a ser el mismo que antes, un muchacho alegre, siempre de buen humor. Ni siquiera sospechaba lo que había pasado, ni reconocía al Sacerdote Reverendo Brey, ni recordaba haber visto nunca la nueva Alcaldía de su pueblo. De Estrasburgo trajo algunas medallas para su hermano José y se las ofreció. Mas éste las tiro al suelo diciendo:

Guárdalas para ti; yo no quiero.

Teobaldo, asombrado, preguntó a su madre:

¿Mamá, se ha vuelto loco, José?

No hay que decir que le ocultaron el verdadero motivo de tal proceder.

El miércoles por la tarde el pequeño gritó:

Mis dos camaradas (los dos Demonios de Teobaldo) son unos cobardes. Ahora soy yo el más fuerte, yo soy el amo; no me iré de aquí en seis años, porque a mi no me asustan los cleriguillos.

¿Tan poderoso eres? Le pregunto el Señor Tresch.

Ya lo creo. Aquí estoy bien, aquí me quedo instalado. Entro en un nido y salgo de él cuando me place.

Durante ese tiempo el Cura Brey pidió al Señor Obispo que se dignara disponer el Exorcismo, porque el estado del niño era cada día más lastimoso. En cambio, Teobaldo, desde su liberación, frecuentaba regularmente la Escuela y la Iglesia y hasta se había confesado. Como hemos dicho, volvió a ser el mismo de antes, mas nada sabía de los cuatro años últimos, parecía que los había pasado durmiendo.

Llegó, por fin, la autorización Episcopal a Illfurt y el Señor Cura señaló para el día 27 de Octubre la ceremonia del Exorcismo.

Dicho día, muy de mañana, llevaron al niño a la Capilla del Cementerio de Burnenkirch, distante un cuarto de hora, aproximadamente, del pueblo.

Se guardo el mayor secreto para evitar que se reunieran curiosos. Se invitó solamente a algunos testigos: el Profesor Lachemann, de San Hipólito, Don Ignacio Spies, de Selestado, el Señor Martinot, el Señor Tresch, Alcalde de Illfurt. Asistieron, naturalmente, los padres del niño, y también quiso asistir el Maestro, lo propio que el Jefe de la Estación, Señor Frindel, y Sor Hilaria, la Directora del Colegio de Niñas.

A las seis comenzó la Misa. Inmediatamente el endemoniado comenzó a armar ruido, arrastrando los pies y volviéndose en todas direcciones. Fue preciso atarle pies y manos. Mas desde las primeras Oraciones se movió continuamente hasta conseguir desatarse y de un puntapié envió la correa a los pies del celebrante. Entonces el Señor Martinot le tomó sobre sus rodillas. El muchacho ladró como un perro, gruñó como un marrano, y con voz ronca profirió sonidos inarticulados. Se estuvo tranquilo desde el Sanctus hasta el fin de la misa, lo que sorprendió a todos los presentes.

Quitándose el Sacerdote los Ornamentos Sagrados, y después de revestirse del sobrepelliz y de la estola morada, fue a arrodillarse al pie del altar y comenzó las Preces del Exorcismo, primero las Letanías de los Santos y después algunas fórmulas de ritual. Volviéndose luego al endemoniado y le conjuró a que declarase cuantos Demonios había allí presentes:

Ninguna necesidad tienes de saberlo -fue la respuesta.

A una nueva orden, el pequeño respondió secamente:

Ypés

Este era el nombre del Demonio del cual estuvo poseso Teobaldo.

No fue posible sacarle una palabra más.

Durante la lectura del Evangelio de San Juan, el endemoniado insultó al Señor Cura y gritó:

¡No me iré!

Tres horas estuvo el Exorcista haciendo grandes esfuerzos. Ya colocaba reliquias sobre la cabeza del niño, ya le ponía el cirio pascual entre los brazos, ya le rociaba con agua bendita y empleaba las fórmulas más enérgicas de Exorcismo.

El Diablo repetía constantemente:

¡No me iré! ¡No me iré, no quiero irme!

Los testigos comenzaron a desesperar. No obstante, el Señor Cura, a pesar de sentirse muy fatigado, les exhortaba a que no perdiesen la confianza y rezasen el Rosario.

El Señor Tresch, que durante todo ese rato había sostenido al niño, lo entregó al Señor Lachemann. El endemoniado exclamó:

¿También tú estás aquí, chato?

Volvió el Señor Cura del altar donde estuvo Orando unos instantes con gran fervor y prometió una Novena de Acción de Gracias.

Dirigiéndose al endemoniado le dijo:

¡En nombre de la Virgen María, te conjuro a que salgas de este niño!

¿También tú has de salir con la Gran Señora?

Preguntó Satanás enfurecido -Ahora si que tendré que irme.

Emoción indescriptible embargó a todos los presentes, presuadidos de que había llegado el momento de la libertad de José.

El Señor Cura Brey repitió otra vez el mismo Exorcismo.

¡He de irme -gritó de nuevo el Diablo,- quiero entrar en una piara de puercos!

¡Al Infierno! -le ordeno el Señor Cura.

Por tercera vez se oyó el mismo Exorcismo, y el Maligno Espíritu vociferó:

¡Quiero entrar en una manada de gansos!

¡Al Infierno! -repitió el Señor Cura.

¡No se el camino! ¡Quiero entrar en un hato de carneros!

Por última vez resonó la orden categórica:

¡Al Infierno!

¡Ahora me veo forzado a irme!

A este gritó el niño se estiro, se volvió y revolvió, hinchó las mejillas y experimentó una última convulsión. Después quedó silencioso, inmóvil. Desataron las correas; cayendo rendidos los brazos, la cabeza inclinándose hacia atrás.

Momentos después levantó los brazos, desperezándose como quien despierta, abrió los ojos, que tuvo cerrados durante toda la ceremonia, y se mostró asombrado de encontrarse en una Iglesia, rodeado de personas extrañas.

Al comenzar el Exorcismo el Demonio había hecho esta declaración:

Si me obligan a que me vaya romperé algunos objetos como señal de mi partida.

Cumplió la palabra. Después del libramiento, encontrándose hecho pedazos un Rosario que habían puesto al cuello de José y roto el cordón del Crucifijo que le colocaron sobre el pecho. Como el niño estuvo fuertemente atado, no había podido tocarlos y mucho menos romperlos.

Todos los presentes estaban emocionados.

Con el corazón desbordante de gratitud recitaron el Te Deum, las Letanías de Nuestra Señora, la Salve y otras oraciones, a menudo entrecortadas por los sollozos. El mismo Señor Cura Brey viéndose obligado a interrumpir diferentes veces el rezo: lágrimas de gozo, de emoción, de gratitud, ahogándole la voz.

¡Con cuánta alegría volvieron todos a la casa paterna! ¡Cuanto admiraron el poder de la Reina de los Cielos, que de nuevo acababa de aplastar al Dragón Infernal!

LA VICTORIA DE LA REINA DEL CIELO
Cerca de la Plaza Mayor de Illfurt, en un jardín, delante de la antigua casa Burner, levantándose majestuosa, sobre una gran columna de piedra, una hermosa imagen de la Inmaculada, en metal dorado. El Monumento tiene diez metros de altura y domina todos los edificios próximos.

En la base se lee esta inscripción:

In memorian perpetuam liberationis duorum possessorum Theobaldi et Iosephi Burner obtentae per intercessionem Beatae Mariae Virginis Inmaculatae. Anno Domini 1869.

“En perpetua memoria del libramiento de los dos endemoniados Teobaldo y José Burner debido a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada. En el año del Señor 1.869.”

El Señor Cura Brey tuvo gran interés en ofrecer ese tributo de gratitud a la Reina del Cielo. Sus feligreses, con otros fieles servidores de María, quisieron con su generoso óbolo contribuir al homenaje.

Es de notar que fue efectivamente la Virgen la que tanto en Schiligheim como en Illfurt triunfó del Dragón Infernal. Ella, definitivamente, aplastó otra vez la cabeza de la serpiente. Todos los demás exorcismos, prolongados durante horas enteras, no dieron resultados; Satanás sólo capituló ante el poder de la Gran Señora. Dios puso la victoria en manos de María, del mismo modo que en la primera batalla la dio al Arcángel San Miguel.

María es la “mujer fuerte” de la Escritura, el terror del Infierno; ante ella deben ceder todas las potencias de las tinieblas. A la Virgen, pues, Honor, Gloria y Gratitud para siempre.


 
lobo1Fecha: Martes, 08 Ene 2013, 0.53 AM | Mensaje # 5
Generalísimo
Grupo: Administradores
Mensajes: 31915
Premios: 50
Estatus: Offline
ENSEÑANZAS
Puede ser que algún lector se pregunte: “Por qué estos pobres niños fueron sometidos a tan horrible posesión? ¿Quién había pecado? ¿Ellos o sus padres?”

Leyendo el capítulo IX del Evangelio de San Juan, donde se trata de la curación del ciego de nacimiento, y allí se hallará la respuesta.

Dios permitió tal prueba para revelarnos sus obras y para recordarnos las verdades, grandes entre todas, de nuestra redención. Antes de la Encarnación del Salvador del Mundo, Satanás reinaba en la tierra como Señor Todopoderoso; por todas partes había establecido su imperio, imperio de incredulidad y de loca idolatría. Por esto se le consideraba el “Príncipe de este Mundo”.

El Redentor mismo le llamó con este nombre. ¿No dijo, antes de su Pasión, al anunciar que el mundo iba a ser juzgado: “ahora el Príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mi?” (San Juan, XII, 31.) Lo que quiere decir: por la Fe en Cristo, en su muerte y en su resurrección, todos los hombres de buena voluntad se verán libres del Dominio Infernal y se unirán al Salvador aquí en el amor, y allá en lo alto, un día en la Gloria.

Jesucristo, mientras estuvo en la tierra, mostró con evidencia su poder sobre Satanás expulsando los Demonios de los posesos por todas partes donde pasaba, y el mismo poder dio a su Iglesia, a sus Apóstoles, diciéndoles: “En mi nombre lanzarán los Demonios”. (Marcos, XVI, 17.)

Los Apóstoles, en nombre de Jesús, lo intentaron y lo consiguieron. La Iglesia, hasta el presente ha ejercido el mismo poder sobre los Espíritus Infernales en los endemoniados, siempre con éxito igual que el logrado en Schiltigheim y en Illfurt.

Ningún Príncipe temporal, ningún potentado, por poderoso que sea, tiene este poder que conserva el Sacerdote Católico. Sólo a éste, en efecto, el Divino Salvador confirió el poder admirable sobre los Espíritus de las Tinieblas. Una palabra de el basta para lanzarlos lo mismo de los cuerpos que de las almas. La posesión del cuerpo es hoy cosa muy rara, ciertamente; pero la posesión de las almas, el estado de pecado mortal, es, por desgracia, sobrado frecuente.

El Demonio tiene especial interés en no revelarse con demasiada frecuencia, porque esta revelación con repugnancia del Espíritu inmundo, y no sólo esto, sino que a menudo se convierten a causa de ella, como ocurrió en Illfurt. Prefiere el Demonio deslizarse insensiblemente, sin ruido, en el alma humana por el pecado mortal y establecer en ella su morada. ¡Cuánto trabajo se da, sin cansarse, sin tregua ni descanso, para penetrar en los corazones, por astucia, por la tentación, por las seducciones de todas clases, a fin de apartar de Dios a los hombres y precipitarlos en cuerpo y alma en la eterna desdicha. Y cuando ha conseguido apoderarse de un corazón, le quita su descanso, su paz, los méritos de sus buenas obras; le arrebata su Dios y muy a menudo la felicidad eterna.

¿Decidme, cristianos, si vosotros, como tantos millares de testigos, hubierais presenciado las escenas diabólicas de Illfurt, las maquinaciones demoníacas, de por si capaces de poner los pelos de punta, consentiríais en dar Asilo en vuestro corazón a este Espíritu tiránico si en vuestra mano estuviera impedirlo? ¿Querríais, acaso, aunque no fuese más que media hora, compartir la vida de monstruo tan abominable? Sin embargo, lo hacéis al consentir con plena deliberación en un pecado grave; entonces pasan a morar en vuestra alma muchos Espíritus Infernales, hasta que la contrición sincera os libra de ellos y el Sacerdote, con la palabra todopoderosa de la absolución, los lanza de vuestra alma.

Como la Posesión del Alma no es aún visible, muchos no la creen posible; por esto son tantísimos los que viven semanas y años en ese estado. Pero la envoltura del Alma se rasgará algún día y entonces quedará manifiesta una miseria sin nombre.

¿Y puesto que el Demonio trata en la tierra con tal rigor a los niños inocentes, cuál será su conducta para con los condenados que se entregaron voluntariamente a el durante la vida? ¿La vida común con unos Espíritus tan repugnantes, tan impíos, tan malos y abominables, no será de una atrocidad sin límites? Verdaderamente hemos de decir con el Salmista: ¡Señor, no entregues en poder de esas fieras las almas que te confiesan y adoran! (Salmos, LXXIII, 19.) Repitamos a menudo y piadosamente esta invocación: Ab insidiis diaboli, libera nos Domine, ¡Líbranos, Señor, de las asechanzas del Demonio!

BURLAS Y EXTRAVAGANCIAS DE LOS SABIOS
Contra el hecho de la Posesión Diabólica de los dos niños de Illfurt exteriorizadas desde el primer momento viva oposición. Procedía ésta, en primer lugar, de aquellos que a priori no quieren creer en el Demonio y resuelven con algunas consideraciones llamadas científicas los casos de Posesión y los Exorcismos de la Iglesia, añadiendo por contera una sonrisa burlona.

Ofrece cierto interés el dictamen de un sabio fisiólogo Protestante sobre el caso que nos ocupa. El “Herr Professor” Doctor Hoppe, representante de la “Ciencia”, había estudiado la cuestión, leído el folleto del Señor Cura Brey, y hablado del asunto con Sacardotes Católicos y Pastores Protestantes. Llegó a esta conclusión: el hecho histórico de Illfurt es un fenómeno naturalmente inexpicable; sin embargo, por nada del mundo quiere él contribuir a renovar la superstición de la Posesión Diabólica.

Escribe: “Reconozco que los Exorcismos del Sacerdote Católico han curado a los dos niños no lanzando al Diablo, según se cree, sino obrando físicamente la curación de un cerebro enfermo. En cada uno de los enfermos hallo una aberración histérica-colérica, y explico los hechos así: es toda el Alma o el cerebro animado de los dos niños quien ha causado estos fenómenos que se pretende diabólicos, y quien asimismo ha obrado la curación; esto era posible gracias al organismo del cerebro y a su mecanismo Espiritual...

Los niños han dado pruebas de mucho saber, muy variado; esos conocimientos estaban latentes en ellos, no eran algo nuevo o inaudito; únicamente no se habían notado. Por lo demás, la constante excitación cerebral intensificada estos conocimientos. Así, pues, los propios fenómenos extraordinarios nada tienen de extraño, no es necesario considerarlos como efectos diabólicos. La creencia en la entrada del Demonio en el cerebro del hombre se expende demasiado barata para que podamos aún admitirla...”

¡Alto, alto! “Herr Professor”, esta si que es argumentación “barata” y cualquier cosa, menos científica. ¿Cuál es ese cerebro nuevo capaz de semejantes brujerías? Se trata de niños de ocho y diez años, sin estudios y sin experiencia, sin conocimientos políticos ni históricos. ¿Cuál es esa organización cerebral tan extraordinariamente rara que permite a unos pobres niños hablar correctamente lenguas extranjeras nunca aprendidas, descubrir el estado de conciencias ajenas y revelar pecados muy secretos, tratar cuestiones científicas con pericia de muy entendidos, predecir el porvenir, desplegar energía que sobrepasa en gran manera la capacidad infantil? ¡Qué memoria tan extraordinariamente potente la de los dos niños que nacidos en 1.855 y en 1.857 recuerdan perfectamente detalles de sucesos ocurridos a familias de Illfurt durante la guerra de Suecia, en 1.639, o durante la Revolución Francesa, en 1.794!

Verdaderamente, “Herr Professor”, la explicación de tales fenómenos como efecto de una aberración histérica-coerica es más que barata, demasiado gratuita, y muestra la clase de inepcias a que debe recurrir el “sabio” cuando a toda costa quiere rechazar todo lo sobrenatural...

Como es de suponer, tampoco se pararon en barras los diarios liberales y radicales de la época.

Hay que ver lo que decía el Journal d´Alkirch, el 18 de Enero de 1.868:

“Por lo que concierne al Diablo nos hemos vuelto bastantes escépticos, y cuando se nos habla de endemoniados nos reímos. Pero la superstición existe, y nunca se protestará con bastante energía contra ciertas opiniones que se mantienen en la masa popular con fines en cuyo examen no queremos entendernos... Los dos niños, al principio cuidados por médicos, fueron confiados a una sonámbula, luego uno de ellos sometido a un tratamiento original en un Convento de Capuchinos de los alrededores. Sin embargo, el Diablo no quería marcharse, y el caso era cada vez más sensacional para el público. ¿Qué hacer? Todos los remedios parecían agotados, cuando el Gobierno tuvo la buena idea de encargar al Sargento de Gendarmes que practicara una información en el mismo lugar. ¡Pues bien! Lo que la Ciencia y el magnetismo, lo que los exorcismos no pudieron lograr, lo consiguió un Señor con galones. Desde la primera visita de la Autoridad los niños clamaron; regulándose sus movimientos y el Diablo se fue con todos los diablos, ¡Buen viaje!

¡He aquí cómo un periodista sin cabeza y sin conciencia escribía historia, no en España o en Holanda, sino en Altkirch, a 10 kilómetros de Illfurt!

¡Buen examen de conciencia le hubiera hecho el Demonio al publicista si éste hubiese tenido valor de ir a ver a los dos pobres niños!

Otro Corresponsal del periódico que quiso hacerse el discharachero, envió para el número del 1 de Febrero de 1.868 las chanzas que siguen:

“¡El Diablo está en Illfurt! ¡Desde entonces qué cosecha tan abundante para todos los cronistas grandes y pequeños! Las dos débiles criaturas cuyos cuerpos ha escogido por habitación, sin estar armados con la maza de Hércules, dejan en mantillas, con sus proezas, al semidios y a sus célebres trabajos. Los Crucifijos, los amuletos que llevan al cuello, se pulverizan ruidosamente y con acompañamiento de llamas verdes y azules y de perfumes sulfurosos: anuncian el porvenir, y, ¡oh, colmo del milagro!, sin cuerdas ni campanas doblan por aquellos que han de morir. Y esto no es más que el preludio, evidentemente; cada día traerá consigo un nuevo prodigio, mientras plegué a Satanás, ¡y ojalá tarde de ocurrir este deseo!, volver de nuevo por algún tiempo a sus dominios.

No se me oculta que los despreocupados me harán preguntas indiscretas; querrán saber por qué esos muchachos, con preferencia a tantos otros que a ello tenían mayor derecho, han merecido el doloroso honor de albergar al Dios cornudo; si se les habla de gritos roncos, mirada fosca, convulsiones y espasmos, responderán: histerismo, vapores o epilepsia, y en vez de agua bendita recomendarán el empleo de duchas, buena alimentación y hasta el régimen tan grato a los Señores Fleurant, Purgon y Diafoirus; menos mal si no pretenden que Creyentes y Exorcistas, los Exorcistas sobre todo, tienen también un Diablo en el cuerpo, y el más intratable de todos, el Diablo de la necesidad.”

He aquí un ejemplo de la ligereza frívola con que el mundo incrédulo juzgaba fenómenos tan extraordinarios sin tomarse el trabajo examinarlos de cerca. Como no les conviene la Doctrina acerca del Infierno y de los condenados, contentan encogiéndose de hombros y quieren ahogarla a fuerza de sátiras y burlas.

Los Médicos que cuidaron a los niños durante el primer período de la enfermedad se mostraron más discretos, en especial los Doctores Kraff, Enrique Weyer y Alfredo Szertecki, de Mulhouse. Consideraron inexplicable la dolencia, y no se atrevieron a dictaminar acerca de la naturaleza de ésta. El Médico Cantonal de Altkirch, el Doctor Levy, decía claramente al Señor Cura Brey que su Ciencia Médica era impotente y que la Iglesia Católica tenía el remedio.

Hasta París llegó la noticia de la Posesión Diabólica y libramiento de los dos niños. Los diarios de los bulevares hablaron de ello, mas no siempre con exactitud y con ánimo de servir a la verdad. Edmundo About publicó en L´Opinion Nationale un relato según el cual se había hecho objeto de una farsa vil a los pobres muchachos, quienes, por otra parte, continuaban en el mismo lamentable estado. Reprodujeron el artículo L´Industrial Alsacien y el Journal de Colmar.

Entonces el Obispo de Estrasburgo tomó cartas en el asunto oficialmente, y por M. Rapp, su Vicario General, hizo llegar a los Directores de los Periódicos aludidos el siguiente varapalo:

Estrasburgo, 9 de Enero de 1.870.

Señor Director:
En el número 7 de Enero ha publicado usted una correspondencia de Estrasburgo que pide algunas rectificaciones.

En Illfurt un niño, desde hacía cuatro años, estaba enfermo de dolencia extraordinaria, cuya causa y naturaleza no podían determinar los facultativos. A petición reiterada del Alcalde y del Cura, el Señor Obispo de Estrasburgo ordenó abrir una información, y se decidió trasladar al niño al Orfanato de Schiltigheim, dirigio por las Hermanas de la Caridad. Durante muchas semanas se continuo registrando hechos extraordinarios, que sería superfluo exponer aquí, pero que lo serán con todos los detalles necesarios en una hoja religiosa de Alsacia, y la Comisión, cuyas luces y Autoridad nadie, exceptuado el Corresponsal de usted, negará, juzgó que tales hechos sólo podían tener una causa sobrenatural.

Tiene la Iglesia Oraciones para esos casos, aun para los dudosos; recitándose las Oraciones y el niño está completamente curado.

El Corresponsal de Usted ha dicho lo contrario de la verdad al afirmar con extrañeza que el niño continúa en el mismo estado.

Las observaciones, las chanzas, los insultos con que Usted ha sazonado el artículo tal vez han sido del gusto de los lectores, no me interesa.

Solamente he querido restablecer los hechos y espero de su lealtad que insertará esta carta en uno de los primeros números de su periódico.

Firmado: Rapp, Vicario General.

UNA CARTA DE TEOBALDO
En tanto que José Burner, que sólo contaba ocho años y al principio de su enfermedad, sabía apenas leer y escribir, su hermano estaba más adelantado y sabía leer y escribir en alemán y en francés, aunque incorrectamente y con muchas faltas. Mas en los momentos agudos de la dolencia, ambos eran verdaderamente profesores de muchas lenguas, y hablaban, a veces durante horas enteras, con los visitantes, en francés impecable.

Nuestros lectores leerán con gusto una carta de gratitud escrita por Teobaldo, en el mes de su libramiento, al Reverendo Hausser, a la sazón Capellán de San Carlos. La transcribimos al pie de la letra:

J. M. J.

Illfurt, le 31 Octobre 1.869

La sainte volanté de Dieu

Monsieur Labé, aumônier
Je l´honneur de vous montrer mes reconnaissances de tous les bienfait que j´ai recu chez vous dans votre maison sacré par la grace de notre Seigneur J´esus Christ et sa sainte M´ere. C´est chez vous que j´ai remercie mon bonheur de la d´elivrance de mes maux surnaturel. Je suis trés heureux maintenant heureux comme jamais je me réjouis maintenant avec mon Frére Josephe qui avait la même maladie comme moi et qui est guéris depuis le 27 Octobre par notre cher Monsieur le Curé et aujourd´hui dimanche nous avons célébré l´actions de grace avec tout le monde á Léglise avec le Te Deum et les sonnes des gloches et bénédiction du sainte sacrement pour ce boneheur infini.

Maintenant nous allons a l´Eglise et á l´Ecole comme si nous aurions été jamais malade, mais je crois que vous avions eu une trole de maladie parce que nous rappelons nous a acune souf france, mais grace á Dieu encore une fois nos sommes guérie.

Je finix en Dieu et en me recommandant dans vos priéres

recevrez mes respectueux Salutation

Thiébaud Bourner

et aussi bien des compliment pour la Mére Supérieure et pour la soeur Damas un bonjour de mes parents pour toutes les soeurs.

Nos interesara, sin duda, saber qué fue de los dos pobres niños. Ambos murieron muy jóvenes. Teobaldo falleció dos años después de su libramiento, el 3 de Abril de 1.871, a los diez y seis de edad. Su hermano pasó a trabajar en Zillisheim y allí murió en 1.882, a los veinticinco años. El Señor Cura Brey vino expresamente de Illfurt para administrarle los últimos Sacramentos.

Este celoso Sacerdote rigió cerca de treinta años su Parroquia de Illfurt con abnegación y éxito admirables. Murió en olor de Santidad el 26 de Marzo de 1.895, a la edad de sesenta y ocho años. Aun hoy día cuentan los que fueron sus feligreses que, como el Santo Cura de Ars, el Demonio le atormentó muchísimo, particularmente de noche. Siempre consiguió librarse de él con el empleo de agua bendita.

A los raros visitantes que se hospedaban alguna noche en la Casa Rectoral, les encargaba que hicieran lo mismo.

Le sucedió el Reverendo Augusto Soltner, quien en 1.901 vendió la antigua Rectoría y mandó construir la nueva próxima a la Iglesia. Ante la fachada principal se levanta el hermoso monumento al Abate Bochelen, el último mártir de la Revolución en Alsacia.


 
Foro » ►Topic » ► Sección Paranormal » Los Poseidos de Ilfurt ó el Demonio en un Caso Verificado
  • Página 1 de 1
  • 1
Búscar:

Copyright MyCorp © 2018